El molino de Chávez

Miércoles, 19 de mayo de 2010

Reflexionando sobre el Quijote, Milan Kundera dice en La Cortina que Don Quijote está enamorado de Dulcinea. Sólo la ha visto de paso, o quizá nunca. Pero está enamorado sólo porque “se supone que los caballeros andantes deben estarlo.”

Esto lleva a Kundera a preguntarse qué es el amor. ¿Sólo la decisión de amar? ¿Una mera imitación?

No me interesa abordar ahora las preguntas de Kundera, pero sí el tema de la imitación. Todos tenemos héroes y todos imitamos, a veces de una manera tan infantil como la de Don Quijote, el comportamiento de nuestros héroes.

En mi adolescencia, por ejemplo, recuerdo haber imitado los gustos de mis héroes literarios. Si a varios de mis héroes no les gustaba un escritor en particular, yo descartaba a ese escritor, sin siquiera leerlo. Y a veces hasta podía hablar mal de él. Quizá no llegaba al extremo de Don Quijote, pero sí lo suficiente como para que, unos años después, me reconociera en sus locuras.

Uno de los rasgos más fuertes de la personalidad de Chávez -como bien lo ha señalado Enrique Krauze- es la veneración de héroes. Y en esta veneración Chávez llega a extremos demenciales (o quijotescos). Un ejemplo es su enemistad con Estados Unidos. Es verdad que en este anti-imperialismo hay una dosis de cálculo político, de manipulación, de maquiavelismo. Quizá, por qué no, hay una triza de razón.

Pero también hay mucho de imitación.

Después de todo, Chávez tiene en gran parte un enemigo imperial y poderoso porque “se supone que los revolucionarios de izquierda deben tenerlo.”

CANTV ahora es de todos

Martes, 18 de mayo de 2010

Los edificios abarrotados con pancartas del PSUV, la propaganda chavista mil veces repetida por los altoparlantes del metro, aquel camión Terios de La Piedrita con un logo del canal de televisión estatal ViVe, los autobuses de ciertas alcaldías con elaborados dibujos de Chávez en pose de revolucionario. Y ahora…los vehículos de CANTV con el logo del PSUV.

Hay que admitir que la combinación de los dos logos se ve bonita:


H/T: Rocío San Miguel.

A los Nini:

Lunes, 17 de mayo de 2010

Un porcentaje significativo de la población (entre el 35 y 55 por ciento, dependiendo de la encuesta) dice que no apoya ni a Chávez ni a la oposición, los famosos Nini.

“Chávez es malo, pero la oposición es igual de mala.” “La oposición se opone pero no propone.” “Con una oposición así nos merecemos a Chávez.”

No se cuántas veces he escuchado estas frases en boca de un Nini. Y esta actitud, por varias razones, me parece injusta, cómoda e irresponsable.

En primer lugar, los Nini no parecen comprender que en la democracia muchas veces se elige no al candidato ideal sino a la mejor opción, que muchas veces es el menos malo. O, dicho de otro modo, se elige al mejor entre las opciones que se tienen. Cuando el Nini decide no apoyar a nadie, en el fondo está apoyando al statu quo. Porque, no tomando partido, beneficia más al gobierno que a la oposición. En este punto las encuestas son muy claras: obligados a votar, la amplia mayoría de los Nini votaría por la oposición.

En segundo lugar, los Nini, quizá inconscientemente, han somatizado el discurso de Chávez que reduce la oposición a una masa homogénea, un cogollo, un grupete excluyente e incompetente de no más de diez o doce personas. Pero lo cierto es que la oposición es un muy diversa y abierta, que incluye a personajes tan disímiles como Teodoro Petkoff y Oswaldo Álvarez Paz.

A diferencia del gobierno, los liderazgos de la oposición no son fijos. Ledezma, Pérez Vivas y Pablo Pérez hace no mucho eran figuras marginales. Carmona, Carlos Ortega y Rosales ya no figuran. María Corina Machado dejó de existir y revivió hace poco gracias a un éxito electoral. Hay varios liderazgos que ascienden silenciosamente como el de Carlos Vecchio.

A mí, en particular, me gusta mucho más Ocariz que Barboza. Prefiero a Ledezma que a Salas Feo. Y veo un oceano de diferencia entre Ismael García y Henry Ramos.

Considerando esta diversidad y naturaleza proteica de la oposición, decir que “Chávez es malo, pero la oposición es igual de mala” me parece no sólo incorrecto, sino un groteca simplificación; una idea floja, perezosa, extremamente peligrosa. Quizá la idea más autodestructiva que circula ahora en Venezuela.

Por último, los Nini -que, como ya dije, son mayoritariamente de tendencia opositora- deben entender que no estamos en Inglaterra, donde no tomar posición no entraña la posibilidad de un cambio sistémico en el país. En Venezuela está en juego la democracia. Un bando tiene un proyecto claramente totalitario. El otro está conformado por muchos líderes con probadas convicciones democráticas. En otro país ser Nini es un lujo irresponsable, pero no grave. En Venezuela no tenemos ese lujo.

Los límites del realismo

Viernes, 14 de mayo de 2010

La esposa de un viejo colega murió hace poco de cáncer, luego de una dolorosa batalla de dos años que, a través de mi colega, presencié en primera fila.

Y también hace una semanas murió Rocha, otro colega con el que trabajé un tiempo y al que luego dejé de ver por esa flojera -de llamar, de escribir, de organizar un almuerzo o cena- que, de una manera gradual, cotidiana y casi invisible, ha acabado con tantas amistades.

Rocha era un personaje. Un colombiano grandote que siempre andaba de buen humor. Su manera de comunicarse era con chistes. No era que aderezara sus comentarios con humor, sino que los chistes eran parte de su lenguaje, como lo es ahora Chávez para muchos venezolanos.

Con frecuencia, si pasaba cerca de él cuando conversaba con alguien, él desviaba la conversación para decir “es que los venezolanos en el exterior no saben apreciar a Chávez; no se dan cuenta de todo lo que está haciendo por el pueblo; ellos simplemente lo odian porque ayuda a los pobres.”

Si no, me presentaba a su interlocutor y le decía, con mucha seriedad: “Este es un venezolano chavista; líder de los Círculos Bolivarianos en el exterior; una verguenza para su país. Qué fácil ser chavista desde el imperio.”

Las bromas podían ir para los dos lados, pero casi siempre involucraban a Chávez.

Uno de sus cuentos -y tenía muchos- era que se había “echado palos” con Nicolás Maduro, después de hacerle una entrevista para RCN o la BBC.

-¿Y qué te dijo de Chávez?
-Está clarísimo con Chávez -dijo.
-¿Clarísimo qué?
-Bueeeno, él sabe como son la cosas.
-Explica, coño. ¿Dice que Chávez está loco?
-Claaaaro. Pero se entienden. Maduro sabe demasiado.

El episodio lo narraba con cierto orgullo, con el mismo orgullo con que me enseñaba sus fotos con Uribe o Shakira.

-Mire, mijo.
-Veeerga -le decía, fingiendo la impresión que él esperaba -. ¿Y qué tal en persona?
-Chiquitita, pero rebuena.
-¿Y Uribe?
-Muy serio, mijo. Casi ni habla.

Pasé como dos años sin saber casi nada de él. Luego, hace como seis meses, un amigo común me dijo que tenía cáncer de páncreas. Lo llamé, le dejé un mensaje y no me respondió. Estúpidamente, no insistí. Hace poco me dijeron que murió.

Picasso no es mi pintor favorito. Aunque no llego al extremo de Paul Johnson, coincido con él en que Picasso es sobrestimado. Pero hay una pequeña obra suya que me gusta mucho, porque la manera como distorsiona, deforma y manipula las líneas y las formas de su rostro no me parece frívola ni gratuita -como en buena parte de sus cuadros- sino esenciales para capturar el miedo humano a la muerte.

Sin esas distorsiones, creo, Picasso no hubiese podido desnudar ese miedo, transformarlo en algo que lo trasciende a él. Nos une a él.

El autorretrato demuestra los límites del realismo.

Autorretrato ante la muerte

La Inmundicia Viviente

Jueves, 13 de mayo de 2010

Carlos Escarrá

Desde hace ya tiempo, el diputado Carlos Escarrá desempeña en la Venezuela de Chávez un rol similar al de Henry Chirinos durante la dictadura de Trujillo en República Dominicana.

Escarrá es un patético personajillo que, desde la Asamblea Nacional, y por órdenes del comandante, se dedica a dar visos de legalidad a los atropellos y arbitrariedades de un gobierno cada vez más autoritario y gangsteril.

Y, bajo los estándares del chavismo, lo hace muy bien, al igual que lo hacía la Inmundicia Viviente, sobrenombre de Henry Chirinos.

En su última intervención en la AN, tratando de cubrir con un barniz legal la expropiación de la hacienda de Diego Arria, Escarrá recurrió a sus viejos trucos y trampas cazabobos: demostrar sus conocimientos de historia legal y constitucional, citar de memoria artículos específicos de leyes o reformas de leyes, salpicar su intervención con términos del argot legal, adornarla con fechas lejanas a la que se remontan algunas leyes, etcétera.

Y uno detecta cierto orgullo en ese despliegue retórico vacío, como si Escarrá disfrutara marcando la distancia intelectual que lo separa de la gavilla de mediocres que conforma la AN.

Leyendo novelas he aprendido que nuestro mundo interior afecta la manera como percibimos la realidad exterior. El sonido de los grillos en la noche, por ejemplo, siempre me ha parecido sinónimo de tristeza y soledad, en parte porque era el sonido que, de niño, escuchaba en Bello Monte cuando mi papás se iban de viaje y me abandonaban en casa de mi abuela.

Creo que algo similar me ocurre con Escarrá. En Churchill, personaje que admiro mucho, la gordura me parece un síntoma de energía, vitalidad y alegría. Su glotonería me parece una extención inevitable de las virtudes de su personalidad. Pero en Escarrá el sobrepeso tiene un cariz distinto. Su panza, su doble papada, sus cachetotes y su miradita de víbora me parecen una manifestación natural de su podredumbre moral y pequeñez humana.

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