Archive for Arte
Carlos Fuentes
Posted by: | CommentsJueves, 17 de mayo de 2012
Nunca fui un admirador de Carlos Fuentes. Algunas páginas suyas me parecen magistrales. El pequeño escrito que le dedicó a su esposa Silvia en En esto creo, por ejemplo, lo he releído infinidad de veces. Admiraba su enorme curiosidad, algo que, en estos tiempos de creciente especialización, se ha vuelto muy raro. Pero, de los autores del boom, no estaba entre mis favoritos. (Y aclaro esto para no sentirme o sonar falso con este comentario).
Sin embargo, siempre fue una enorme presencia en las letras latinoamericanas y su muerte me entristeció y la sentí como una pérdida. Me recordó que el boom latinoamericano de literatura, de lejos la mejor generación de escritores en la historia de nuestra región, no es eterno (físicamente).
Los dejo con un retrato de Vasco:
El problema con los detalles de McEwan
Posted by: | CommentsDomingo, 6 de mayo de 2012
Boris Muñoz se la pasa persiguiendo y entrevistando escritores, como una especie de paparazzo ilustrado. Y, aunque no siempre coincido con sus opiniones, siempre leo y disfruto sus crónicas.
La última que escribió es sobre una conferencia de Ian McEwan, donde el talentoso novelista británico habla sobre la importancia de los detalles como herramienta para hacer verosimil la ficción (corté alguna partes):
McEwan comenzó citando al sabio Arquímedes de Siracusa…autor de la cuadratura de la parábola y quien estableció…los fundamentos de la hidráulica y los principios de la palanca. “Dadme un lugar donde apoyarme y moveré el mundo”.
A partir de la máxima de Arquímedes, McEwan discurrió sobre los apoyos y las palancas de las que se vale el escritor para construir sus mundos ficticios. Pero ese análisis lo hizo del modo menos previsible y quizás más encantador: describiendo los errores y faltas al realismo que él mismo ha cometido en sus novelas y reflexionando sobre lo que le han enseñado.
Por ejemplo, en un pasaje de la novela The Confort of Strangers, el protagonista se asoma al cielo de una noche de verano en una pequeña ciudad en el sur de Europa y contempla el cinturón de Orión…Años después de publicada…McEwan recibió la carta de una astrónoma que…lo reconvenía porque la situación descrita era astronómicamente imposible: la constelación no se puede divisar en el hemisferio norte en esa época del año…
McEwan piensa que la novela se caracteriza por un cruce constate de la imaginación a la realidad. En otra carta un lector lo increpa porque en un pasaje sobre la II Guerra Mundial de la novela Atonment pone a los soldados británicos a usar una expresión propia del inglés estadounidense y, además, coloca mal el nombre de un tipo particular de cañones usados en aquella época. La reflexión que le despiertan estos regaños es que el éxito o fracaso del realismo y la verosimilitud en una ficción depende en gran medida de la solidez de los detalles.
El problema es que, en su obsesión por los detalles como mecanismo para “apalancar” sus ficciones, McEwan a veces logra el efecto contrario al que busca. Este error es flagrante en su novela Saturday, cuyo protagonista, Henry Perowne, es un exitoso cirujano. Articularía yo la crítica, pero ya lo ha hecho perfectamente James Wood:
Reading McEwan, there are times when one feels that the extreme narrative order — his clean joins and hinges — have been purchased at too high a cost to credibility, and sometimes even to animation and free life. Perowne is convincingly rendered in all his literalism and bland scientific ardor; but McEwan overdoes the extent to which his entire life seems to be saturated by medical language and know-how. Pushkin famously complained that Byron’s conspirators even ordered a drink conspiratorially, and Proust wisely observed the “lack (or seeming lack) of participation by a person’s soul in the virtue of which he or she is the agent.” Proust goes on to say that whenever he has come across, in convents for instance, truly saintly people, they have always had the “cheerful, practical, brusque and unemotioned air of a busy surgeon.” McEwan’s doctor is too completely medical.
With Proustian complexity, Perowne should be more nun-like and less surgical. He watches a drug addict scratching herself and sees “amphetamine-driven formication…. Or an exogenous opioid-induced histamine reaction, common among new users.” He sees that Baxter’s convulsive temper is typical of his disease, and “suggestive of reduced levels of GABA among the appropriate binding sites on striatal neurons.” Perowne’s tendency to supply medical terminology whenever possible violates the delicacy — finely achieved elsewhere in the book — of McEwan’s free indirect style, for if Perowne were thinking to himself, why would he need to remind himself so often of what he already knows anyway?
Siendo McEwan un novelista tan talentoso, este error -un típico caso de no ver el bosque por estar enfocado en las hojas de los árboles- es lamentable. Uno puede imaginarse al diligente y estudioso McEwan sumido durante semanas en libros médicos recolectando información para apalancar sus ficciones. Pero en este proceso olvidó la observación de Proust sobre los conventos, sacrificando la verosimilitud que precisamente buscaba reforzar con la solidez de sus detalles.
El problemas de McEwan no es su admiración por Arquímedes de Siracusa, porque los detalles claro que sirven para apalancar las ficciones. Su problema es que -parafraseando y modificando a Pushkin- olvidó que los cirujanos no piden cervezas en los bares con lenguaje médico.
En defensa de la idiotez juvenil
Posted by: | CommentsSábado, 5 de mayo de 2012
Más que el video mismo de Caracas Ciudad de Despedidas, lo que más me ha impresionado son las reacciones, algunas necias y desmesuradas. Si me hubiesen mostrado el corto, y luego me hubiesen dicho que iba a estremecer hasta el tuétano la twitósfera venezolana y espoleado un debate sobre “la desconexión de la elite” o “la falta de compromiso cívico de nuestra juventud,” jamás me lo hubiese creído.
¿Que el video está mal producido? Sí lo está. ¿Que es una perfecta muestra de kitsch juvenil de clase media alta? Sí lo es.
¿Que los jóvenes, mediante sus gestos, cortes de pelo y comentarios frívolos, parecen a veces competir para ver quién suena, se ve o es más idiota? Indudablemente.
Pero, por favor, los protagonistas rondan los 20 años y yo creo haber visto en en los tres países que he vivido manifestaciones más alarmantes de estupidez juvenil ya sea en persona, en el cine o en la televisión. Sin ir muy lejos, yo no sé cuántas veces he escuchado una conversación de un grupo de teenagers o universitarias en algún café en Bethesda (donde ahora vivo), o visto uno de esos infames reality shows norteamericanos, y luego irrumpido en mi habitación horrorizado anunciándole a mi esposa que “mañana mismo nos mudamos a Venezuela porque allá uno no ve eso” o “mi bebé no va a crecer en un ambiente tan pavorosamente superficial.”
Más aún: estoy seguro que si critico ese video, mañana voy a recibir un mensaje de mi papá preguntándome si acaso no me acuerdo que yo a esa edad, cuando también existían las crisis políticas, la indigencia y la pobreza, utilizaba botas con puntas de metal, anillos de calavera y escuchaba música cuya letra ha podido fácilmente escribir un orangután.
Como decía el gran Bertrand Russell, que se tomaba estas cosas con más humor y sabiduría, youth is wasted on the young.
A esa edad todos tenemos el derecho a ser idiotas.
Retratos de Vasco
Posted by: | CommentsViernes, 3o de marzo de 2012
Por fin conocí al fotógrafo Vasco Szinetar y es tan simpático, encantador y alegre como sus fotografías dejan entrever. Me sorprendió diciéndome que leía este blog, pero estoy seguro que no ha pasado aquí ni una pizca del tiempo que yo he pasado en su cuenta de Facebook, viendo sus fotos.
Aquí les dejo una pequeña muestra, sus retratos de Uslar, Zapata, Botero y Ramón J. Velasquez.
El error de Jhumpa
Posted by: | CommentsJueves, 22 de marzo de 2012
Jhumpa Lahiri defendiendo la importancia de las oraciones en la ficción en The New York Times:
In college, I used to underline sentences that struck me, that made me look up from the page. They were not necessarily the same sentences the professors pointed out, which would turn up for further explication on an exam. I noted them for their clarity, their rhythm, their beauty and their enchantment. For surely it is a magical thing for a handful of words, artfully arranged, to stop time. To conjure a place, a person, a situation, in all its specificity and dimensions. To affect us and alter us, as profoundly as real people and things do.
Para ilustrar su argumento Lahiri cita a Joyce:
I remember reading a sentence…in the short story “Araby.” It appears toward the beginning. “The cold air stung us and we played till our bodies glowed.” I have never forgotten it. This seems to me as perfect as a sentence can be. It is measured, unguarded, direct and transcendent, all at once. It is full of movement, of imagery. It distills a precise mood. It radiates with meaning and yet its sensibility is discreet.
Lahiri luego hace una observación donde aclara y especifica su posición:
The most compelling narrative, expressed in sentences with which I have no chemical reaction, or an adverse one, leaves me cold. In fiction, plenty do the job of conveying information, rousing suspense, painting characters, enabling them to speak. But only certain sentences breathe and shift about, like live matter in soil.
Saber construir una oración como la que cita Lahiri de Joyce, que casi parece un verso, puede ser un tremendo activo para un escritor. Pero un párrafo con oraciones poco memorables puede ser más rico que una oración perfecta o una sucesión de oraciones perfectas.
Poco después de toparme con el artículo de Lahiri leí casualmente un ensayo de James Wood comentando una escena de La casa de Mr. Biswas, la novela de V.S. Naipaul:
It is Christmas, and Mr. Biswas, on a whim, decides to buy a hideously expensive doll’s house for his daughter. He can’t possibly afford it. He blows a month’s wages on the gift. It is an episode of madness and bravado, of aspiration and longing and humiliation:
He got off his bicycle and leaned it against the kerb. Before he had taken off his bicycle clips he was accosted by a heavy-lidded shopman who repeatedly sucked his teeth. The shopman offered Mr. Biswas a cigarette and lit it for him. Words were exchanged. Then, with the shopman’s arm around his shoulders, Mr Biswas disappeared into the shop. Not many minutes later Mr Biswas and the shopman reappeared. They were both smoking and excited. A boy came out of the shop partly hidden by the large doll’s house he was carrying. The doll’s house was placed on the handle-bar of Mr Biswas’s cycle and, with Mr Biswas on one side and the boy on the other, wheeled down the High Street.
Not a word of dialogue -indeed the opposite, the report of a dialogue we do not witness: “Words were exchanged.” Again, this is both funny and terribly painful, because of the way Naipaul writes it up. He resolutely refuses to describe the purchase itself. Instead, he describes the scene as if the author has set up a camera outside the shop. We watch the men smoke, we watch them go in, and a minute later we watch them come out, “smoking and excited.” The scene is thus like something out of the silent movies, and almost begs to be run at double speed, as farce. Passive verbs are used, precisely because Biswas is a weak, comically gentle man who thinks he is asserting himself while he is in fact generally being acted upon: “was accosted by…the doll’s house was placed on the handlebar…[was] wheeled down the High Street.” Naipaul deliberately describes this event as if Mr. Biswas has nothing much to do with it, which is probably how Mr Biswas self-forgivingly thinks of this moment. Most subtle is the decision not to represent the scene of purchase itself, the moment where money changes hands. This is the epicenter of shame for Mr. Biswas, and it is as if the narrative, knowing this, is too embarrassed to represent this shame. Naipaul is superbly aware of this, superbly in control. He knows that the sentence “Word were exchanged” is the pivot of the paragraph -because, of course, it is not words that are importantly exchanged but money that is crucially exchanged. And this is what cannot, must not, be described.
No hay una sola oración memorable en el párrafo citado por Wood. Lo memorable es la riqueza de la escena. Naipaul no pasa horas tallando y puliendo oraciones, sino viendo el tablero desde arriba; pensando en la situación y luego ideando una manera de narrarla. Más que su talento para construir oraciones, lo que nos impresiona es su poder de observación, la agudeza de su análisis, su talento para la caracterización, su habilidad para iluminar dinámicas sutiles que todos conocemos pero pocos somos capaces de transponer a la página. Miles de escritores son capaces de escribir oraciones perfectas. Pocos son capaces de escribir como Naipaul.
Por supuesto, Naipaul ha podido deslizar en la escena varias oraciones como las que le gustan a Lahiri. Las virtudes del autor no son incompatibles con las oraciones memorables. Pero el fondo del asunto es que la riqueza de esta página no depende de este tipo de oraciones.
¿Por qué todo esto importa? Porque pensar que escribir bien es fundamentalmente esculpir oraciones memorables es un error. Lo más importante es la riqueza que yace debajo de las oraciones. Y a veces las oraciones grises y rutinarias (“invisibles de lo habituales,” diría Borges) esconden un universo mucho más rico que las oraciones hermosas que a Lahiri le gusta subrayar.







