Walmart

Martes, 24 de abril de 2012

Viendo y escuchando en NPR, CNN y otros medios las reacciones al reportaje publicado por el NYT sobre la corrupción que acompañó la vertiginosa expansión de Walmart en México, he notado que en EEUU muchos no comprenden hasta que punto la corrupción está enraizada en la mayoría de nuestros países.

No parecen entender cómo en América Latina puede ser difícil sacarse un pasaporte o una licencia de conducir o cualquier clase de permiso sin pagarle a alguien; cómo muchas veces la negativa a pagar coimas no entorpece un procedimiento, sino lo impide; cómo en algunos países, por ejemplo, es imposible importar algo, cualquier cosa, sin ensuciarse las manos;  cómo a veces incluso los funcionarios públicos tienen que pagar sobornos para constuir obras públicas; cómo la corrupción puede llegar a ser tan normal y rutinaria que la gente ni siquiera sabe que está incurriendo en algo malo sino simplemente piensa que está “agilizando” un proceso o pagando un suerte de impuesto.

Este intercambio entre Jorge Castañeda y un grupo de moderadores de NBC (donde Castañeda y los moderadores parecen provenir de planetas distintos) ilustra mi punto:

¿A qué viene esta reflexión?

A que, claramente,  hay corruptos y corruptos. Algunos actos de corrupción son peores que otros.

Es posible, por ejemplo, imaginarse a un empresario relativamente honesto pagarle a un funcionario de Cadivi para que le entreguen los dólares que le corresponden, sin los cuales su negoció de importación no puede sobrevivir. Es también posible imaginárselo pagándole a un funcionario de la aduana por la sencilla razón de que, por la vía legal, su mercancía no sale del puerto. Entre este empresario y el empresario que se asocia con un funcionario para obtener sin proceso de licitación un contrato con sobreprecio hay una diferencia importante. En el primer caso es posible que el importador, de haber vivido en un país desarrollado, y con instituciones fuertes, jamás hubiese cometido un acto de corrupción.

El problema, sin embargo, es que quien decide, por razones de “supervivencia,” tolerar cierto grado de corrupción en las operaciones de su negocio se coloca en una pendiente resbaladiza, pues la frontera que separa éste de otros tipos más graves de corrupción es gaseosa. Lo que comienza cómo un simple mecanismo de supervivencia puede degenerar en faltas éticas mucho más graves. Una vez que se cruzan ciertos límites, las barreras que separan lo corrupto de lo más corrupto, lo malo de lo peor, son más difíciles de ver y reconocer, y, sobre todo, más fáciles de rebasar. La corrupción genera más corrupción. El empresario relativamente honesto puede terminar convirtiéndose en un delincuente.

El caso de Walmart pareciera ser una demostración.

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