Tocar y luchar

Sábado, 14 de junio de 2008

A los seis años, Miguel se escapó de su casa en Barinas porque su padre le pegaba. Se mudó solo a Caracas y vivió un tiempo en las calles, robando, mendigueando y consumiendo drogas. La policía lo agarró y lo metió en un centró de rehabilitación juvenil, donde el “Sistema” lo captó. Desde entonces Miguel se ha enderezado. Ahora toca el violonchelo y aspira a ser músico profesional y formar una familia. “Sin la música,” dice, “estuviese todavía en las calles robando y pidiendo limosna.”

Esta historia es similar a la de miles de jóvenes que han sido rehabilitados, y quizá salvados, por el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, conocido simplemente como el “Sistema.” El guión, que tiene tintes telenovelescos, es casi siempre el mismo: niños y adolescentes de origen humilde que encuentran una salida improbable al laberinto de su mala suerte agarrando un instrumento y descubriendo a través de él los placeres y la belleza de la música.

La estructura del “Sistema” es simple y abierta. Hay alrededor de 200 “núcleos” en el país, donde se admite sin requisitos a niños y jóvenes desde los dos años de edad. Cada niño recibe un instrumento y un puesto en una orquesta, sin importar cuán pobre sea ni cuán problemático sea su pasado. Prácticamente desde que agarran el instrumento, los niños comienzan a tocar en grupo, y luego en orquestas, lo que explica las más de doscientas orquestas infantiles y juveniles que son parte de la red. Dependiendo del talento y la dedicación, cada niño va subiendo escalafones y los mejores llegan a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, buque insignia del “Sistema” que goza ya de una sólida reputación internacional.

La filosofía del “Sistema” es profundamente humanista. El objetivo es promover el desarrollo humano de los sectores más pobres a través de la música. La idea básicamente es que la educación musical puede ser una poderosísima herramienta de desarrollo, en el sentido que ella contribuye a eliminar la pobreza espiritual e intelectual que ayuda a perpetuar la desigualdad social y económica. Voceros del “Sistema” hacen énfasis en que su meta no es sólo crear músicos sino también “ciudadanos.” Es decir, personas responsables, solidarias y respetuosas que están comprometidas con su comunidad y valoran el trabajo en equipo. La orquesta, sostienen, es el perfecto instrumento para inculcar estos valores. Es un grupo en el que la gente se junta para producir algo hermoso concertando acuerdos.

El éxito del “Sistema” ha sido doble. Por un lado, están los beneficios sociales. Estudios han demostrado que el “Sistema” contribuye a la reducción del crimen y a que los niños permanezcan en las escuelas. Un estudio del Banco Interamericano del Desarrollo calculó que por cada dólar invertido en las orquestas la ganancia social es de 1.68 dólares. Por el otro lado, está el logro artístico. El “Sistema” se las ha ingeniado para llevar a cabo una labor casi imposible: ser una escuela musical de primera fila sin sacrificar su carácter totalmente inclusivo y gratuito.

El ejemplo más visible de esta excelencia educativa es Gustavo Dudamel, un talentoso y precoz director de orquesta que se ha convertido, en cuestión de años, en la mayor fuente de esperanza y orgullo nacional en estos tiempos difíciles. Desde que ganó hace unos años una importante competencia internacional de dirección de orquesta, su ascenso ha sido meteórico y en 2006 fue nombrado a sus 27 años director titular de la Filarmónica de Los Ángeles. Otro ejemplo es el contrabajista Edicson Ruiz, que a los 17 años, sin hablar una gota de alemán, se convirtió en el músico más joven en ser admitido en la Filarmónica de Berlín. Estos dos jóvenes prueban que el “Sistema,” además de ser un programa social, es también un proyecto artístico novedoso que, a pesar de –o quizá por– su carácter inclusivo, produce músicos de alto vuelo.

El héroe del “Sistema,” sin embargo, no es Gustavo Dudamel, ni tampoco Edicson Ruiz. Es el incansable, terco y visionario utopista, José Antonio Abreu, cuya labor de hormiga a lo largo de tres décadas es, en mi opinión, una de las más grandes obras hechas por un venezolano en el siglo XX. Quien vea al maestro Abreu no lo creería capaz de gran cosa. Es un hombre menudo, frágil, encorvado, con un rostro filiforme y huesudo que parece más de contador que de músico. Lleva siempre unos lentecillos de burócrata y gruesos trajes formales de palto y corbata que se le ven grandes. Pero basta verlo hablar, basta ver como se le ilumina la mirada cuando toca los temas que más lo apasionan, para percibir el espíritu luchador, la voluntad de hierro y la poderosa inteligencia que se embosca bajo esa menuda figura. La impresión de fragilidad desvanece por completo apenas suelta un comentario con su voz fuerte y decidida, apenas uno lo ve subrayando una idea alzando el índice.

Abreu tiene una hoja de vida profesional que abarca un abanico de disciplinas. Ha sido músico, ministro, diputado y profesor de economía. La vocación dominante, claro, es la musical, pero en la creación del “Sistema” sus otros talentos han jugado también un rol indispensable. En efecto, Abreu es un ejemplo del enorme potencial de la interdisciplinariedad, o de cómo los diferentes talentos de una persona pueden, en vez de atomizar energías, nutrirse y enriquecerse unos a otros, resultando en una obra única y valiosa.

La ambición de Abreu es descomunal, del tipo que muchas veces se desboca en la locura y la utopía. En 1975, cuando el país tenía sólo dos orquestas, Abreu fundó la Orquesta Juvenil de Venezuela, una iniciativa que, en el momento, fue vista simplemente como una excelente oportunidad profesional para los jóvenes músicos venezolanos. Sin embargo, el plan de Abreu era mucho más ambicioso. Quería crear un sofisticado sistema de orquestas cuyos tentáculos fueran penetrando, poco a poco, los segmentos más pobres de la sociedad, transformándolos de raíz. Bajo la visión de Abreu, la alta cultura musical debía ser parte de la cultura del ciudadano común, parte de la educación de todo el mundo.

Y aunque Abreu todavía no ha alcanzado esta utópica meta, no queda duda que se ha acercado. El “Sistema” está conformado actualmente por más de 250 mil jóvenes y se espera que dentro de cinco años este número se duplique. Dos tercios de los estudiantes son de origen humilde y hay programas especiales para niños con toda clase de discapacidades. La red ha sido tan exitosa que casi todos los países del hemisferio, y algunos de Europa, han lanzado programas similares. El director musical de la Filarmónica de Berlín, Sir Simon Rattle, dice que el “Sistema” es lo mejor que está pasando musicalmente en el mundo.

Uno de los indudables talentos de Abreu es haber conseguido fondos para mantener y expandir un sistema de orquestas que no cobra un céntimo de matrícula. Para que su red sobreviva y crezca, Abreu ha contado con valiosas contribuciones del sector privado, así como de varios organismos multilaterales como el BID y la Corporación Andina de Fomento. Pero el mayor benefactor ha sido el Estado venezolano, que ha financiado la empresa de Abreu casi desde su creación.

Diez gobiernos han contribuido a la construcción del “Sistema,” lo cual es tanto una muestra de la generosidad de estos gobiernos como de las enormes dotes de cabildeo de Abreu. Este talento de lobby de Abreu a veces se desborda, razón por la que ha recibido algunas críticas, sobretodo relacionadas a su flirteo con el discurso del presidente Chávez. ¿Son justificadas estas críticas? Sí. La retórica y las políticas de Chávez chocan con los valores de interdependencia y concertación que el maestro Abreu promueve a través de sus orquestas. Pero al mismo tiempo no hay que perder la perspectiva. Esta debilidad de Abreu no disminuye un ápice el valor de su obra ni debe erosionar nuestra gratitud por las incontables horas que este hombre ha dedicado a rehabilitar, mejorar y enriquecer la vida de los más pobres. El maestro Abreu merece todos los premios que le han llovido, y muchos más.

A finales del año pasado alguien me mandó a mí correo electrónico el video de la Orquesta Sinfónica Juvenil en el cierre del concierto anual del Proms de la BBC, que aparentemente ocasionó la ovación más larga de la historia del Proms. Difícil describir lo que sentí al ver a este grupo de compatriotas tocar, bajo la batuta de Dudamel, “Pajarillo,” el “Alma Llanera,” y finalmente el “Mambo” de Bernstein. Difícil describir lo que sentí al ver a los miembros de la orquesta, con sus escandalosas chaquetas tricolor de la bandera nacional, moverse y bailar al ritmo del “Mambo,” casi venezolanizándolo, como si su cultura latina de baile, espontaneidad y alegría no pudiese ser contenida por las estrictas y formales tradiciones de la música clásica europea. Siempre he tenido una actitud muy escéptica hacia las sensiblerías patrióticas, que muchas veces degeneran en destructivos nacionalismos, pero debo confesar que, viendo este concierto, sentí subir y bajarme por el cuerpo una oleada de patriotismo.

En el documental “Tocar y Luchar,” Simon Rattle hace una observación interesante: nos dice que la razón por la cual los músicos del “Sistema” provocan emociones tan profundas es porque para estos jóvenes, que han recibido tan poco de la vida, la música lo es todo, y eso trasluce en las piezas que tocan. Y es verdad: cuando escucho a estos niños y adolescentes tocando, por ejemplo, el final de la novena sinfonía de Beethoven no sólo escucho una de las obras cúspide del gran compositor. No sólo escucho una orquesta interpretando con sumo profesionalismo la famosa sinfonía. También escucho en la música la voluntad de superación de estos adolescentes, de escapar con sus sonidos su casi ineludible futuro, de rebelarse contra el destino desolador al que parecieran estar condenados por las negras estadísticas. El Himno de la Alegría se transforma en un grito tronador de rebelión y esperanza.

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