La oposición va bien

Miércoles, 2 de julio de 2008

Desde que Hugo Chávez se echó para atrás con la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia, con la que se pretendía, entre otras cosas, implantar en Venezuela una versión de los nefastos CDR cubanos, se ha dicho que, aunque el retroceso de Chávez tiene claros motivos electorales, las denuncias de la oposición –que amenazaban con convertir la ley en un asunto electoral– lo obligaron a rectificar. Se ha dicho también que la presión opositora fue clave para que Chávez se retractara de otras medidas, incluyendo el nuevo currículo escolar, el nuevo sistema de admisión universitario, la Ley de Pesca y el pasaje de transporte urbano. Y se ha dicho que la oposición, en combinación con presiones externas, fue la que forzó al presidente a enfriar sus relaciones con las FARC.

Todo esto es verdad, y está muy bien que se señale, pero para mí la prueba reciente más contundente de la efectividad de la presión opositora sigue siendo el referendo del pasado diciembre, cuyos resultados todavía, siete meses después de la votación, no han sido anunciados por el Consejo Nacional Electoral, probablemente porque revelan un margen mayor de derrota del que está dispuesto a aceptar el gobierno. Digo que es la prueba más contundente por una simple razón: con el margen anunciado por el CNE la noche del referendo, y el porcentaje de votos escrutados con que se anunció ese margen, no se podía afirmar, como lo hizo el consejo esa noche, que la tendencia del voto era irreversible. Eso sugiere que en ese momento el consejo tenía más información de la que estaba comunicando, y que esa información indicaba una clara derrota para el gobierno. Los resultados se anunciaron tarde porque hubo tensión entre un sector del gobierno que no quería reconocer la derrota y un sector de la oposición que tenía suficiente información para exigir el reconocimiento de los resultados electorales. Y en este pulso, la oposición ganó.

Lo bueno de este caso es que también muestra que una victoria importante fue posible gracias a otras victorias más pequeñas producto del mismo, y empecinado, pujo de la oposición. Por ejemplo, gracias a la presión que han ejercido los partidos sobre el CNE, se ha logrado una serie importante de concesiones que garantizan cierto grado de limpieza en los comicios. Con estas conquistas se logró que sea prácticamente imposible perpetrar un fraude en el conteo de los votos sin dejar rastro, lo cual fue clave para forzar al presidente a aceptar los resultados el pasado diciembre.

Todo esto pone de relieve un punto importante. El régimen de Chávez habita ese terreno ambiguo donde las democracias ya no son democracias, pero tampoco pueden ser catalogadas como dictaduras. Es un régimen híbrido en el que el poder se ejerce de manera despótica, pero que necesita legitimarse por la vía electoral para aumentar sus posibilidades de supervivencia, y en el que las instituciones, a pesar de haber sido coartadas por el gobierno, retienen cierto grado de porosidad, o dicho de otro modo, pueden ser agitadas para que respondan a ciertas exigencias. Se puede ver el vaso medio vacío y lamentarse de que en Venezuela se vive bajo una cuasi dictadura, o se puede ver el vaso medio lleno y detectar la ventana de oportunidad que representa la ambigüedad del sistema para impedir pacíficamente que Chávez se eternice en el poder.

¿Cómo aprovechar esta ventana de oportunidad? Hay muchas tácticas que se pueden pulir y mejorar y mucha energía que podría ser desviada hacia objetivos más provechosos. Pero, respecto a los grandes lineamientos de acción, la oposición debe hacer lo que ha venido haciendo con creciente convicción desde las elecciones presidenciales de 2006: competir en las elecciones, tratar de construir una nueva mayoría y aprovechar cada espacio y oportunidad disponible para presionar a las instituciones. Es en este sentido específico que pienso que la oposición va bien.

Una manera de ver claramente los beneficios de esta estrategia es poniéndose en los pies del presidente. Para él no es fácil controlar las instituciones que necesita controlar si quiere permanecer en el poder más allá del 2012. Por ejemplo, varias acciones del gobierno parecieran develar una enorme inseguridad y paranoia sobre el control que tiene sobre la Fuerza Armada Nacional. ¿No es esta inseguridad la que impulsa la creación de las milicias y los frentes bolivarianos, ejércitos paralelos cuya intención es claramente darle una opción armada a Chávez además de la FAN? ¿Y qué de los continuos esfuerzos para purgar el ejército? No me extrañaría que detrás de las recientes declaraciones del ministro de Defensa, en las que dijo que en la FAN no podían haber soldados institucionales, podría haber una intención de “crear una crisis” para identificar o espantar elementos rebeldes (es decir, institucionales). Y no me extrañaría que la implantación del saludo “patria, socialismo o muerte” embosque esa misma intención provocadora.

La oposición debe entonces concentrarse en ganar espacios y en complicarle al gobierno su labor de control de las instituciones. Es decir, presionar en todos los frentes posibles y poner cuántas barreras sean necesarias para bloquear, o al menos embridar, el ímpetu totalitario de Chávez, labor que, conforme baje su popularidad y crezca el descontento con su gestión, podría hacerse cada vez más fácil y efectiva.

Una cosa que, desde hace ya años, se ha vuelto común son las invectivas de la oposición contra la oposición. La crítica no tiene nada de malo, y más aún, es imprescindible, pero el problema es que estas criticas son a veces descaradamente injustas y onerosas, hechas por encima del hombro con el tonito despectivo del que no quiere ser siquiera asociado con el grupo que critica. La intención de estos críticos muchas veces es iconoclasta, como si criticando a la oposición se rebelaran contra lo que ellos perciben como verdades preestablecidas. Entre líneas, se detecta un mensaje falaz: “Todos están obsesionados con Chávez y no paran de criticarlo, pero yo no…yo soy capaz de ver que la oposición es tan culpable de lo que está ocurriendo en Venezuela como Chávez.”

Este discurso tiene fallas muy obvias. Una es que con este tipo de críticas abiertas y sin blancos específicos se hace pagar a la oposición en su conjunto por los errores de algunas personas o sectores que frecuentemente son minoría. Otra es que se habla de la oposición como si fuese un cuartel. Es decir, en vez de ver la oposición como una fuerza heterogénea, con una diversidad de intereses y visiones que no son fáciles de compatibilizar, muchos hablan de ella como si se tratara de un grupo de soldados a los que sólo hace falta soltarles una orden para que canten al unísono una línea de acción (los problemas con los candidatos unitarios, por ejemplo, me parecen totalmente normales y previsibles). Y otra es ese lugar común de que la oposición se “opone” pero no “propone.” Este argumento no sólo ignora que dirigentes y militantes de Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo, así como una diversidad de académicos, periodistas y organizaciones de la sociedad civil, tienen ideas y planes de gobierno bastante específicos, también olvida que la sola causa de restitución del juego democrático justifica el activismo y la militancia política.

Lo que más me irrita, sin embargo, no son las críticas en sí, que muchas veces son merecidas, sino la manera como muchos opositores se desvinculan con ellas del grupo que se supone que representan, como si fuesen una suerte de observadores internacionales sin la potestad de mover un dedo para corregir, enderezar o tratar de influenciar esas acciones de la oposición que tanto critican. Esta actitud es francamente destructiva y contraproducente. Pienso que una actitud más sana es incluirse en el grupo, y asumir que la oposición es un bando plural y heterogéneo, sin mando centralizado, donde las líneas de acción se deciden por la suma de muchas ideas y acciones, incluyendo la nuestra. Por eso, es siempre mejor criticar acciones y políticas específicas.

Algo que admiro de Venezuela es la efervescencia de la sociedad civil. Me asombra como la gente protesta, se involucra, se reúne, discute, planifica, como si la acción política fuese parte de su dieta diaria. En una visita al país el pasado diciembre, el periodista de The New York Times, Roger Cohen, hizo una observación que comparto plenamente: dijo que, en términos de instituciones, libertades civiles e independencia de poderes, la democracia de Venezuela palidece en comparación con la de Estados Unidos. Pero también señaló que en Venezuela hay un sentido de responsabilidad cívica que no existe actualmente en su país. ¿Será porque, según todos los estudios académicos, en los países con agudas crisis políticas y económicas siempre hay un mayor activismo político? Probablemente. Pero también es verdad que hay países tan poco democráticos como el nuestro donde la oposición no está tan despierta y activa. Y esto, de tanto en tanto, no está mal reconocerlo.

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