Uno y muchos

Domingo, 27 de febrero de 2011

Cientos, sino miles, de víctimas de la brutal represión del régimen libio. Gadafi diciendo en la Plaza Verde de Tripoli que la gente que no lo ama “no merece vivir” y anunciando la distribución de armas de los arsenales estatales para proteger a su gobierno. Reportes divulgados por el Secretario General de la ONU de que tropas libias “han entrado en los hospitales y clínicas para matar a oponentes.” Docenas de videosimágenestestimonios confirmando la brutal represión.

¿Y cómo reacciona el gobierno de Venezuela?

El embajador de Venezuela en Libia dice que en Trípoli todo está tranquilo y que lo reportes de violencia son exageraciones de los medios (a pesar de que Telesur, cuya cobertura de la crisis ha dejado mucho que desear, informa lo contrario).

El canciller Maduro, después de hacer gala de su conocimiento Wikipedia de Libia, señala en la Asamblea Nacional que lo que ocurre en Trípoli es que el imperio busca crear condiciones para intervenir el país y apoderarse de su petróleo.

Menos sutil, el vicepresidente para África del Norte venezolano alaba los logros de la dictadura de Gadafi, declaración, claro está, que jamás hubiese hecho sin la aprobación del presidente.

¿Y Chávez? ¿Cómo reaccionó Chávez ante la violencia en Libia, país donde, gracias a Gadafi, un estadio de fútbol lleva su nombreCon inusual prudencia. Uno bien sabe que su corazoncito está con Gadafi, pero muy habilidosamente mezcla su apoyo a su gobierno con su amistad con otros líderes árabes y el pueblo árabe. Dice que está a favor de la paz, pero al mismo tiempo se abstiene de condenar la represión del gobierno libio.

Hay quienes dicen que Chávez es un frío calculador, que sospesa muy bien cada acción midiendo con suma precisión sus posibles efectos políticos internos y externos.

Otros dicen que Chávez actúa por instinto, dominado siempre por sus emociones, al punto que muchas veces dice y hace cosas que lo afectan considerablemente sin traerle ningún beneficio.

Su reacción a los sucesos de Libia -en la que surgió el Chávez friamente calculador- revela que las dos cosas son ciertas.

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