Por qué votaría por Ollanta Humala

Miércoles, 4 de mayo de 2011

El progreso que ha hecho el Perú en la última década es impresionante. En el lado político la diferencia es del día a la noche. Después de la década oscura de los noventa, el país goza hoy de una amplia libertad de expresión, un poder judicial independiente, unas fuerzas armadas despolitizadas, y elecciones libres y justas. En el plano económico el progreso también es notable. El Perú tiene las más altas tasas de crecimiento económico del hemisferio, ha reducido la pobreza de más del cincuenta por ciento a un tercio de la población y en los últimos cinco años ha escalado veinticuatro posiciones en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. ¿Cómo se explica, entonces, que los peruanos estén obligados a escoger en la segunda vuelta presidencial del 5 de junio entre un militar radical nacionalista y la hija de uno de los peores dictadores que ha tenido el Perú en su historia republicana?

Exageran quienes dicen que este desenlace revela graves fisuras en las estructuras del modelo de desarrollo peruano o que el pase a la segunda vuelta de Ollanta Humala y Keiko Fujimori es la manifestación de un rechazo al actual modelo económico de libre mercado. El voto de los tres candidatos centristas en la primera vuelta sumó el cuarenta y cuatro por ciento, diez puntos más que el voto que recibió Ollanta Humala, el único candidato cuyo plan económico de gobierno no es continuista (el continuismo económico recibió casi el setenta por ciento del voto). Encuestas revelan que lo que más entusiasma a los votantes de Humala no son sus propuestas económicas, sino más bien sus promesas de luchar contra el crímen, la inseguridad y la corrupción, y su oferta de pensión para los jubilados.

Es cierto que el Perú sigue teniendo graves problemas. El crimen está subiendo, hay mucha corrupción, los servicios públicos siguen siendo muy deficientes (o inexistentes) y todavía hay remanentes importantes de pobreza donde el crecimiento económico no ha tenido mayor impacto. Que esta situación crea descontento en importantes sectores de la población es una verdad innegable. Lo que es dudoso es que este descontento haya llevado inevitablemente a la victoria de Ollanta Humala y Keiko Fujimori. Cualquier candidato, en cualquier punto del espectro ideológico, ha podido capitalizar este descontento. Alejandro Toledo, en efecto, estuvo cerca de hacerlo. Pocas semanas antes de las elecciones contaba con una popularidad que triplicaba a la de Humala y era diez puntos mayor a la de Keiko.

Pero, sea cual sea la razón del resultado, los peruanos encaran ahora una decisión muy difícil que podría afectar enormemente el futuro del país. Escoger entre dos opciones que representan serias amenazas a la democracia que el Perú recuperó hace una década. Es común, en cualquier sistema democrático, que la población se vea obligada a elegir la opción que considera menos mala en vez de la opción que más le gusta. Menos común es que tenga que escoger al candidato que considera menos proclive a gobernar como un dictador.

La primera opción es Keiko Fujimori, hija de Alberto Fujimori, presidente que gobernó Perú en los años noventa y fue condenado en 2007 a veinticinco años de prisión por corrupción y violaciones a los derechos humanos. Concuerdo plenamente con quienes dicen que Alberto Fujimori es lo peor que le ha ocurrido a Perú en muchos años. El prontuario de su gobierno es una mancha oscura en la historia de ese país: secuestro del Poder Judicial; disolución temporal del Congreso; acoso, chantaje e intimidación de opositores; persecución a periodistas; control de líneas editoriales y robo de medios de comunicación; campañas mediáticas para destruir a la reputación de personas respetables; modificación de la Constitución para permitir la reelección; politización de las fuerzas armadas; tráfico de armas y de drogas; desapariciones, torturas y ejecuciones extrajudiciales; esterilizaciones forzadas; saqueo sistemático de los recursos del Estado; y entrega de la seguridad de la nación a delincuentes probados. Al lado de Fujimori, líderes como Hugo Chávez y Evo Morales lucen mucho mejor.

Es verdad, como han dicho muchos, que Keiko Fujimori no debe ser culpada por los delitos y crímenes del padre. Después de todo, cuando Fujimori dio el autogolpe en el 92 Keiko tenía apenas diecisiete años. Pero también es cierto que en los últimos diez años Keiko no ha hecho mucho para distanciarse del legado del fujimorismo. Al contrario: Keiko ha dicho reiteradamente que considera el gobierno de Alberto Fujimori “el mejor de la historia del Perú” y que las acusaciones por violaciones a los derechos humanos hechas contra su padre son “mentirosas y absurdas.” Su entorno está plagado de figuras del viejo fujimorismo como Martha Chávez, Luis Delgado Aparicio, Jorge Trelles Montero, Martha Hildebrandt, Luz Salgado y Luisa María Cuculiza. La congresista Martha Chávez, famosa por decir que los asesinados de la masacre de La Cantuta se “autosecuestraron” y a quien Keiko apoyó como candidata presidencial del fujimorismo en 2006, lanzó una amenaza al presidente del Poder Judicial César San Martín -un peruano de lujo- hace apenas dos semanas, declarando en televisión que cuando ganara Keiko el juez tendría que rendir cuentas por condenar a Alberto Fujimori. ¿La reacción de Keiko? Uno hubiese esperado una dura condena o una expulsión inmediata de la congresista de las filas del fujimorismo, pero Keiko se limitó a decir que si lo que dijo Martha Chávez “se entendió” como una amenaza ella la desautorizaba.

La segunda opción es Ollanta Humala, un ex militar nacionalista que no sólo representa una amenaza autoritaria para el Perú, sino también una amenaza económica. De los planes de gobierno de los principales candidatos de la primera vuelta, el de Humala es por rato largo el más retrogrado (“de un rojo obsoleto difícil de desteñir,” dice la revista Caretas). En él asoma una visión interventora del Estado en la economía y se esgrimen propuestas preocupantes como la conformación de una Asamblea Constituyente y una ley de regulación de medios. Y, si estas propuestas son vistas a través del prisma de su vieja simpatía por las políticas catastróficas del general Velasco y Hugo Chávez, el panorama es francamente desolador.

Ollanta Humala, además, fue criado por un padre fanático, inventor de una ideología racista y totalitaria llamada etnocacerismo. Su hermano Antauro, con quien Humala lideró un alzamiento militar contra Fujimori en 2001, es otro fanático con ideas escalofriantes que está preso por liderar un alzamiento militar sangriento en Andahuaylas en 2005 contra el gobierno democrático de Alejandro Toledo. Ollanta mismo tiene algunas manchas oscuras en su currículo: una pareja lo acusa de golpearlos y robarlos en el 92, cuando comandó una base en Madre Mía (el Poder Judicial investigó la denuncia y absolvió a Humala). Y, aunque ahora niega haber participado en el “Andahuaylazo,” y subraya que las autoridades no han encontrado pruebas que demuestren lo contrario, Humala avaló en el momento el levantamiento armado. El propio Antauro dijo que el alzamiento se había hecho en nombre de su hermano.

Como Keiko, Humala se ha moderado en su campaña. Ahora viste saco y corbata en vez de camisas rojas, y se ha distanciado del modelo chavista para acercarse al modelo de izquierda pragmática y democrática de Lula. Asegura que no quiere estatizar empresas, que está dispuesto a renunciar a la idea de la Asamblea Constituyente, que va a respetar los acuerdos y contratos internacionales, y que va a preservar la libertad de prensa y la independencia del Banco Central. También se ha distanciado de la radical ideología de su familia, prácticamente desconociendo a Antauro. Y, aunque todo esto está muy bien, no ver estos cambios con sumo escepticismo es casi tan ingenuo como creerle a Keiko la promesa de que no va a indultar a Fujimori o su muy reciente y tardía admisión de que en el gobierno de su padre se cometieron excesos y delitos.

¿Por quién, entonces, deben votar los peruanos? ¿Qué tan fácil es imaginar a Keiko Fujimori marcando una clara distancia con la manera de gobernar de su padre cuando su equipo está repleto de viejos fujimoristas? ¿No dice mucho la cercanía de Keiko a estos vergonzosos personajes, algunos de los cuales tienen muy altos cargos en su campaña, incluyendo Jaime Yoshiyama Tanaka, tres veces ministro de Fujimori, cómplice del golpe del 92 y ahora candidato a segundo vicepresidente? ¿Y qué decir del actual vocero de Fuerza 2011, Jorge Trelles Montero, ministro y legislador durante la dictadura que todo el mundo sabe que fue cercano a Vladimiro Montesinos y conspiraba con él? ¿Y de la integración al equipo técnico de dos ex ministros de Salud acusados de haber ejecutado la política de las esterilizaciones forzadas de la dictadura de Fujimori?

¿No es posible imaginar a gente como Martha Chávez presionando y quizá purgando al Poder Judicial para vengarse de lo ocurrido la última década y sacar de la cárcel a los más de setenta fujimoristas condenados por corrupción y violaciones a los derechos humanos? ¿No asustan los reportes de la influencia que, desde la celda, ejerce Alberto Fujimori en la campaña de su hija? ¿No asusta su intensa actividad política en la cárcel de la Diroes, una prueba de que este viejo zorro sigue con ánimos de participar en la vida política de su país?

Al mismo tiempo, ¿no es el plan de gobierno de Keiko mucho mejor que el de Humala? ¿Qué tan probable es que Keiko trate de perpetuarse en en el poder como trató de hacerlo su padre? ¿No sería prudente votar por Keiko para reducir el riesgo de un retorno al velasquismo? Frente al riesgo de un gobierno autoritario y estatista como el de Hugo Chávez, ¿qué importa si Keiko saca a Fujimori de la cárcel con tal de que no desbarranque la economía y entregue el poder en cinco años?

Por el otro lado, ¿acaso es muy difícil imaginar que Humala haya decidido a favor del modelo de Lula? ¿No sería racional escoger ese camino que es, a todas luces, mucho más exitoso que el chavista y es visto ahora como un modelo para la izquierda en toda la región? Si sus asesores brasileños han logrado moderar a Humala en la campaña, ¿no es esto un indicador de que lo mismo podría ocurrir en su gobierno? Más aún: ¿no son Brasil y el éxito económico del Perú potenciales fuerzas moderadoras cuya importancia no se debe subestimar? ¿No es buena señal que Humala haya incorporado a varios técnicos de Toledo en su equipo y que su discurso esté cada vez más lejos de su plan de gobierno y la retórica chavista? ¿No es favorable que con el apoyo de los congresistas del partido de Toledo, Perú Posible, Humala tendría mayoría en el Congreso y eso podría ser un incentivo para ceñirse a los límites constitucionales? ¿Y no ha sido Humala más claro que Keiko marcando distancias con su familia? En los últimos cinco años, ¿no se comportó su bancada en el Congreso de una manera mucho más democrática que la de Keiko?

Y, sin embargo, ¿qué garantía tenemos de que ese extremismo ideológico y autoritario que le inculcó su padre desde muy pequeño, y esa mentalidad vertical producto de su educación militar, hayan sido de verdad asfixiados por la influencia de Lula y la izquierda moderna y democrática de América Latina? ¿Qué garantía tenemos de que la condiciones actuales del Perú lo van a frenar si decide seguir el camino de Hugo Chávez? ¿Y cómo olvidar esa declaración avalando el “Andahuaylazo,” un alzamiento militar contra un gobierno democrático? ¿No es difícil creerle cuando dice que no conocía la parte violenta del plan cuando dio esa declaración?

Consciente de que me puedo estar equivocando, y evitando convertirme -como ya lo han hecho muchos- en lo que un politólogo peruano ha bautizado “hincha del mal menor,” sigo pensando que la amenaza menos seria es Ollanta Humala. Es más fácil imaginar a un Humala gobernando en democracia y desde el centro que imaginar una conversión del fujimorismo.


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