La lección de Mike Bloomberg

Miércoles, 2 de diciembre de 2009

ff_bloomberg_fLas virtudes de este hombre son muchas.

Su energía, visión y ambición, que lo llevaron a crear Bloomberg LP después de ser despedido en 1981 de Salomon Brothers, para luego, un tiempo después, revolucionar con esa compañía la manera de recolectar y difundir información en el mundo financiero.

Su persistencia y terquedad, que se refleja en su fe casi religiosa en el progreso gradual, y en ese uso de frases de vendedor cuando habla de las dificultades de gobernar Nueva York: “Tienes que desarrollar la habilidad de ir con una sonrisa en el rostro a la siguiente puerta, tocar el timbre, y sacarte de la mente el rechazo anterior.”

Su vocación cívica, que se desprende no sólo de esa transformación vocacional que lo llevó a los 59 años, y sin experiencia política alguna, a lanzarse como candidato para la alcaldía de Nueva York. También de su récord como alcalde, de su sano patriotismo y de esa ligera vergüenza que siempre ha sentido por no haber servido en el ejército (no pudo porque tiene pies planos).

Su manera de entender la democracia. Como pocos, Mike Bloomberg comprende que la democracia no es perfecta, pero sabe que ninguna otra forma de gobierno abre tantos espacios para corregir el sistema sin necesidad de demolerlo; que una de las grandes virtudes de la democracia es que entraña mecanismos de autocorrección. Por eso, cuando se exaspera con la inercia de Washington, cuando se exaspera con las burocracias o los pequeños intereses de los políticos y congresistas, siempre dice que, a fin de cuentas, somos nosotros los responsables por no fiscalizar la labor de los que escogimos como nuestros gobernantes.

Para que la democracia funcione –pareciera decirnos Bloomberg– debemos aprovechar cada espacio de acción disponible para hacerla funcionar (y en eso –y no en críticas al sistema y a los políticos– él invierte sus energías).

Finalmente, su creatividad y pragmatismo, dos conceptos que son, en su caso, difíciles de separar. Este es el hombre que, para escándalo de muchos, le paga a los estudiantes por sacar buenas notas (Bloomberg: “because it works”). El que prohibió los trans fats en los restaurantes y fumar en lugares públicos. El que inventó el 311, un número al que los habitantes de Nueva York pueden llamar para solicitar camiones que recojan la basura. El que rediseñó la sede de la alcaldía como un newsroom para disminuir las intrigas de oficina. Él que prohibió en Bloomberg LP las sillas en las salas de reuniones para que estas no se alargaran más de lo debido.

En 2005, después de una ola de tiroteos en Nueva York, los asesores de Bloomberg le dijeron que el 90 por ciento de las armas ilegales utilizadas en los crímenes locales provenían de otros estados y que sólo 1 por ciento de los comerciantes de armas proveían el 60 por ciento de las armas utilizadas en estos crímenes. La administración Bush no estaba lidiando con el problema y, más grave aún, el Congreso había restringido el intercambio de información entre funcionarios federales y policías locales. Bloomberg trató de hablar con el Fiscal General, Alberto González, pero fue ignorado. ¿Qué hizo entonces? Contratar detectives para llevar a cabo investigaciones en negocios de armas a lo largo del país, y luego, con esa información, demandó él mismo a los comerciantes más sospechosos. También fundó el grupo Alcaldes contra las Armas Ilegales para combatir las restricciones de intercambio de información. Y, aunque todavía no han logrado eliminar estas restricciones, el grupo cuenta ya con 220 alcaldes. Mensaje: si Washington no te abre la puerta, métete por las ventanas. (Un mensaje, por cierto, muy pertinente para los alcaldes opositores en Venezuela).

Todas estas virtudes han hecho de Bloomberg un magnífico alcalde, con un record mixto, como todos los alcaldes, pero que, en balance, es sin duda positivo.

El crimen ha bajado (30 por ciento bajo su mandato). La educación pública ha mejorado. Las tensiones raciales han amainado. Los neoyorquinos viven más y mejor. La ciudad está más limpia y nunca antes Nueva York había tenido a un gobernante con una agenda pro-medio ambiente tan ambiciosa.

¿Debilidades? ¿Defectos?

Bloomberg también tiene muchos, algunos de ellos inextricables de sus virtudes.

Después de todo, este hombre, que es el más grande filántropo de Nueva York (y el más rico), es también el hombre que ha insultado a periodistas por hacerle preguntas incómodas y que ha sido demandado por varias mujeres por sexismo.

Este hombre, que se presenta en el hospital cada vez que matan a un policía o bombero de Nueva York, y que insiste en ser él quien comunica a la familia de la víctima sobre la tragedia, es también el arrogante que en su autobiografía escribió que su apellido era sinónimo de éxito: “Yo soy Bloomberg –Bloomberg es dinero– y el dinero habla.”

Este es el hombre que utilizó su extraordinario talento, e invirtió buena parte de sus energías, en eliminar el límite legal que le impedía aspirar a un tercer período como alcalde de Nueva York. Independientemente de lo que uno piense sobre el número de reelecciones, no es correcto que un alcalde que lleva ya dos períodos gobernando modifique la ley para gobernar otro período. (Y esto, no me queda duda, Bloomberg lo sabe).

Este es el hombre que gastó más de 250 millones de dólares de su propia fortuna en sus tres campañas electorales, más de lo que ha gastado cualquier otro candidato para un cargo público en la historia de Estados Unidos. Y parte de este dinero fue utilizado en campaña sucia, como contratar talentosos asesores políticos sólo para que no trabajaran para sus adversarios (un ejemplo de un mal uso de su enorme creatividad); o para destrozar con una avalancha de publicidad negativa a uno de sus potenciales adversarios. Bloomberg en campaña no es el gran hombre que siempre ha aspirado ser y que a veces es. Es meramente un político más.

¿Cuál de los dos Bloomberg predomina sobre el otro?

Esta pregunta se la dejo al lector.

Sin embargo, yo pienso que el Bloomberg más valioso, el que nos lega la lección más importante, es el Bloomberg pragmático y post-ideológico. El Bloomberg que nos recuerda que la línea más importante en la política no es la que separa la izquierda de la derecha, o los liberales de los conservadores, sino la que separa la eficiencia de la ineficiencia, la competencia de la incompetencia, las ideas buenas de las malas.

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