El perseguidor

Viernes, 2 de octubre de 2009

charlie 3Antes de leer Rayuela de Julio Cortázar recuerdo haber hecho dos o tres intentos fallidos de leer la novela. Por alguna razón este clásico que ahora me parece tan accesible no lograba atraparme como entonces atrapaba a tantos jóvenes de mi edad. Luego, un frío domingo en Boston (donde entonces estudiaba con muchos músicos que idolatraban a Charlie Parker como a un Dios), leí de una sola sentada El perseguidor en una viejísima edición de Las armas secretas. Y, después de leer este famoso cuento, pude por fin entrarle a Rayuela y disfrutar la novela como pocos otros clásicos del boom latinoamericano. He releído varias veces El perseguidor y, con la excepción del magistral episodio de Berthe Trépat en Rayuela, no creo haber disfrutado tanto ningún otro cuento, extracto o capítulo en la obra entera de Cortázar.

La trama de El perseguidor consiste básicamente en una serie de encuentros y conversaciones entre Bruno, el crítico musical que narra el cuento, y Johnny Carter, un jazzman basado en el gran saxofonista norteamericano, Charlie Parker. A través de estos encuentros Bruno va poco a poco develando ciertos aspectos importantes de la vida de Johnny: sus innovadoras producciones musicales, su revolucionario talento para la improvisación, las personas que lo rodean, y sobre todo sus problemas con el alcohol y las drogas. Pero, más importante aún, Bruno nos va informando sobre las ideas y las dudas existenciales de Johnny. Más que la progresiva desintegración del saxofonista, El perseguidor narra las profundas inquietudes metafísicas de Johnny. Las conversaciones con Bruno son la herramienta que utiliza Cortázar para que Johnny exprese estas inquietudes y para mostrarnos el vínculo que existe entre éstas y su vocación musical.

¿En qué consisten estas inquietudes? Johnny intuye que hay otra realidad u otro tiempo distinto al que vivimos. Su música lo hace presentir que detrás del tiempo de relojería y la realidad cotidiana se embosca otra realidad que quizá encierre el sentido de su existencia. La vida de Johnny es un intento constante de dar ese salto definitivo a esa otra realidad, una búsqueda ciega y angustiosa de ese espacio hipotético que cree vislumbrar a través de su música. Es en ese sentido que Johnny Carter es un “perseguidor.” Un perseguidor que busca entrar a esa zona de transcendencia o ese instante de infinitud que su música lo deja arañar, pero no alcanzar. Un perseguidor que busca un espacio donde liberarse de esa crónica insatisfacción o ese deseo insaciable de plenitud que es inextricable de la condición humana. Como algunos de los personajes célebres de Chéjov, Johnny parece perseguir una libertad cuya vastedad depende de su inaccesibilidad e inexistencia.

Este deseo muy humano de totalidad muchos lo ventilan a través de la religión. Asumen que sólo una fuerza superior, exterior a ellos, puede algún día elevarlos a ese espacio sobrenatural que Johnny persigue con su música. Pero a Johnny lo desagrada esta idea de acceder a esta otra realidad a través de un Dios o de la religión. En un momento tenso de una de sus conversaciones con Bruno, Johnny dice que “no tiene ningún mérito pasar al otro lado porque Él te abre la puerta.” Y luego sigue: “Aquella vez en Nueva York yo creo que abrí la puerta con mi música, hasta tuve que parar y entonces el maldito me la cerró en la cara nada más porque no he rezado nunca, porque no le voy a rezar nunca, porque no quiero saber nada de ese portero de librea, ese abridor de puertas a cambio de una propina…” Johnny, en otras palabras, cree en Dios, sólo que no está dispuesto a subordinarse a sus reglas. Su búsqueda del absoluto es una cuestión personal, no religiosa.

La drogadicción de Johnny puede enmarcarse en esta búsqueda metafísica. Después de todo, algunas drogas intensifican, alteran o enmarañan sensaciones y percepciones arrancando al hombre de la realidad cotidiana y transportándolo a un espacio de paz espiritual donde contempla la vida desde una perspectiva más amplia y experimenta una suerte de reconciliación de las tensiones y contradicciones de su ser. La tentación de las drogas –bien decía Baudelaire- puede verse como una manifestación de la nostalgia o el amor del hombre por el infinito. Como muchas otras de nuestras acciones, consumirlas es un acto que casi siempre está teñido de una aspiración hacia lo absoluto y que ilustra que la añoranza de lo sobrenatural es, paradójicamente, parte de nuestra naturaleza.

Dada la profundidad del principal tema del cuento, sería natural esperar cierta solemnidad en el lenguaje y la manera de expresarse de Cortázar. Pero no es así. La historia de Johnny está contada por el autor con esa prosa que, en mi opinión, es una de las grandes virtudes de su obra. La prosa de Cortázar parece hablada en vez de escrita. Tiene una cualidad oral, una soltura, un aire conversacional que recubre sus cuentos y novelas con una pátina de naturalidad y frescura. Leer El perseguidor es como escuchar a un amigo echando un cuento en la sala de su casa o en cualquier otro ambiente distendido, alegre e informal; un amigo cuyo interés no es impresionarnos, ni ornamentar sus historias con frases o metáforas rebuscadas, ni mucho menos ser solemnemente “literario,” sino simplemente entretenernos, y entretenerse él, a través de lo que dice. Lo cual –claro está– es un truco, una ilusión, una herramienta literaria como cualquier otra, pues una transcripción de cualquier conversación sería mucho más caótica, repetitiva y difícil de comprender que las páginas más orales de Cortázar.

Esta maravillosa soltura oral de su prosa encaja en la visión más amplia que tenía Cortázar de la literatura. Cortázar siempre se rehusó a ver la literatura como una colección de oráculos y entelequias. En sus mejores páginas el mensaje entre líneas pareciera ser que el profesionalismo puro, la solemnidad, el excesivo interés por las formas asfixia la literatura, bloqueando los poros por donde se supone que debe rezumar vida. Su literatura busca maneras de acercarse al lector, de construir puentes de comunicación, de no enajenarlo con el tipo de formalismos que divorcian el texto de la vida. Por eso su interés en el juego y su rechazo a esos escritores que, como decía él, se ponen cuello y corbata a la hora escribir.

En un temprano texto de 1941, en el que contrasta a Rimbaud con Mallarmé, Cortázar expuso con precoz claridad esta filosofía. Para Cortázar Rimbaud había sido ante todo un hombre. A diferencia de Mallarmé, su problema no había sido meramente poético sino el de “una ambiciosa realización humana, para la cual el Poema, la Obra, debían constituir las llaves.” Mientras que Mallarmé había dejado meramente una obra, Rimbaud había dejado “la historia de una sangre.” Ciertamente, algo similar podría decirse del mismo Cortázar y del Charlie Parker que recreó en El perseguidor.

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