El paraíso en la otra esquina

Miércoles, 10 de agosto de 2011

Eduardo Samán

Desalado utopismo, ignorancia, supina estupidez e inocencia casi infantil, Eduardo Samán proyecta todo esto y más en una fascinante entrevista que publicó el pasado domingo El Nacional (suscripción).

A veces tienta decir que el chavismo ha degenerado en una masa de múltiples intereses, mucha veces contradictorios, que sólo logran cierto nivel de cohesión no tanto por los beneficios del poder ni menos la fuerza de la ideología, sino por una dinámica política autodestructiva y viciosa que ha convertido la preservación del poder y la supervivencia de los que ejercen el poder en exactamente la misma cosa.

Pero el ex ministro de Comercio lo pone a uno a dudar.

A continuación algunos extractos:

Samán: En los restaurantes capitalistas primero se llega con el billete y luego se come; en la arepera socialista el plan es al revés: primero se come y luego se paga lo que se puede. Se puso la caja registradora en la parte de atrás e iba a desaparecer cuando el socialismo estuviera bien comprendido.

El Nacional: ¿Entonces las arepas iban a ser gratis?

Samán: En el socialismo hay una máxima que dice: a cada quien según su habilidad y a cada quien según su necesidad…Cuando se cumple esto, el dinero pasa a otro plano. Cuando la gente comía primero y luego cancelaba ­sólo para que el proyecto fuera autosustentable­ se le quitaba el carácter de mercancía a los alimentos. Al principio, 80% de las personas pagaba; luego, esa cifra subió a 95%. El 5% restante correspondía a los indigentes que disfrutaban su arepa sin problemas. Los estudiantes del Liceo Andrés Bello tampoco pagaban. Venían 1.500 personas al día y se despachaban 3.000 arepas a 5 bolívares cada una. Sola costaba 0,50 bolívares y rellena entre 2 y 4 bolívares. Las más baratas eran las de pernil y de queso. También se vendían 1.500 jugos cada jornada. Entraban entre 30.000 y 35.000 bolívares al día. Una vez que se creara esa conciencia socialista, la caja registradora iba a desaparecer. Sólo se pondría un buzón para que la gente depositara lo que podía pagar.

El Nacional: ¿Y cómo se garantizaba la rentabilidad de ese negocio?

Samán: Las areperas no eran un negocio, eran un centro de formación socialista. Los trabajadores tenían que ser socialistas y allí todos tenían que hacer de todo, no había división del trabajo….En la arepera nadie se agarraba un bolívar, ahí sobraba el dinero. La gente dejaba el vuelto, por lo que siempre había más de lo que se reportaba en las ventas.

 

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