Almas serviles

Miércoles, 9 de marzo de 2011

Desde lejos, la recién fallecida Lina Ron parecía una rebelde. Así uno no compartiera su extremismo ideológico y su carácter violento, Ron aparentaba ser una mujer independiente y autosuficiente, incapaz de recibir órdenes de nadie.

Pero ¿lo era?

En febrero de 2008 Lina Ron lideró una toma violenta del Arzobispado de Caracas. No era su primer acto público violento. Ya varias veces había protagonizado actos similares bajo el silencio cómplice del gobierno. Pero esta vez cometió un error: decidió tomar el Arzobispado el mismo día que, gracias a una mediación de Chávez, las FARC liberaron a unos rehenes. Fúrico, molesto porque el show del Arzobispado había desviado la atención mediática de su propio show, Chávez arremetió contra ella.

El episodio casi se repitió un tiempo después. Lina Ron llevaba meses perpetrando ataques violentos a diferentes blancos “contrarrevolucionarios,” en algunos casos en abierta alianza con el colectivo La Piedrita. Pero un día Chávez se dio cuenta que los ataques lo estaban afectando en las encuestas.  ¿Qué hizo? Mandó a arrestar a Lina por “anárquica.” (A los pocos meses Ron fue fotografiada en libertad).

El patrón era claro. A Chávez no lo molestaban los ataques violentos en sí, sino el timing de estas acciones, que él decidía arbitrariamente si era bueno o malo. Lina, por su parte, aceptaba cabizbaja los aletazos de humor del presidente.

A Ron le gustaba definirse como una revolucionaria rebelde, recia, guerrera, que estaba dispuesta a morir por sus ideales. Pero debajo de esa expresión dura, debajo de esa mirada desafiante y esas camisas del Che Guevara y ese discurso radical y altisonante, se emboscaba un espíritu sumiso y sumamente conservador, que se sometía a la voluntad de otros -sobre todo de Chávez y Diosdado- como otros se someten a la autoridad de los reyes, los Papas y -horror de horrores- los amos imperiales.

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