Sobre el discurso de Chávez

Viernes, 1 de julio de 2011

Del discurso de ayer de Chávez, estos dos párrafos llaman la atención:

En este instante recuerdo el 4 de febrero de aquel estruendoso año 1992. Aquel día no tuve más remedio que hablarle a Venezuela desde mi ocaso, desde un camino que yo sentía me arrastraba hacia un abismo insondable. Como desde una oscura caverna de mi alma brotó el “por ahora” y luego me hundí.

También llegan a mi memoria ahora mismo aquellas aciagas horas del 11 de abril de 2002. Entonces también le envié a mi amado pueblo venezolano aquel mensaje, escrito desde la Base Naval de Turiamo, donde estaba prisionero, Presidente derrocado y prisionero. Fue como un canto de dolor, lanzado desde el fondo de otro abismo, que sentía me tragaba en su garganta y me hundía y me hundía.

Son dos párrafos poderosos. En primer lugar por el tono de confesión. En esta nueva versión del 4 de febrero el “por ahora” no suena como un grito triunfal, anuncio de victorias futuras y muestra de una voluntad aguerrida dispuesta a capear cualquier tempestad. Más bien como un grito de ahogado, un murmullo que casi no tuvo fuerzas de pronunciar porque la oscuridad ya se lo estaba tragando.

En segundo lugar porque es una admisión de su actual estado anímico y de que la amenaza del cáncer sigue latente. Este “sentirse en un abismo” podría explicar la comprensible vaguedad de sus explicaciones y la timidez con que proclama el triunfo de las intervenciones. Para cualquier persona, es difícil discurrir sobre las circunstancias que amenazan su vida.

Una última observación. Impacta ver a Chávez, una vez más, vulnerable y empequeñecido. No puedo sino recordar a Pompeyo Márquez, hace como dos años, alertando a los chavistas, desde la poltrona de sus noventa años, que “nadie es eterno…yo he vivido ya demasiado…ustedes actúan como si todo esto fuera a durar para siempre, pero un día todo esto se va a esfumar. Y, créanme, ese momento llega más rápido de lo que uno piensa.”

 

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