Esclavo de Dios

Lunes, 15 de julio de 2013

Hablando de las fronteras entre el arte y la política, acabo de leer un reportaje en la revista Zeta (no hay versión electrónica) sobre la controversia alrededor de “Esclavo de Dios,” una película sobre el atentado a la Asociación Mutual Israelita de Argentina (AMIA) en Buenos Aires, a mediados de los 90. En el ataque terrorista murieron 85 personas. Nadie ha sido condenado, pero muchos aseguran que Hezbolá estuvo detrás del atentado.

Al parecer el oficialismo piensa que a la película le falta “equilibrio” y ordenó que las salas de cine donde se proyecta “Esclavo” transmitieran un cortometraje de 10 minutos antes de la película. Este corto, titulado “Palestina y otros relatos,” habla de la destrucción del pueblo palestino por “sionistas extranjeros.”

Lo peor es que no hay una clara separación entre el corto y la película, lo cual, según el director de “Esclavo,” confunde el público. Para resumir, el oficialismo decidió darle “balance” a una película de ficción con un documental no ficticio pro-Palestina.

¿Qué tan grave es esto?

Pues es el equivalente a que le hubiesen impuesto un preámbulo no ficticio a una novela de García Márquez para “balancear” las ideas presentes en el libro.

En cualquier mente racional esto sería visto como una acción estalinista. Pero para Ricardo Piglia los estalinistas son los escritores que se niegan a participar en el Rómulo Gallegos para protestar contra este tipo de prácticas.

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