Escape

Lunes, 13 de junio de 2011

Autora: Mirtha Rivero

Hablo con mi amiga Camila, y aún a través del teléfono, la siento apachurrada. Imagino lo que pasa. Tráfico, lluvias, inseguridad, el día a día cada vez más árido.

Desencantada, le digo, tratando de ponerme en su lugar. Amargada, me contesta. Este año por primera vez en los más de veinte que la conozco no sale de vacaciones. Y le duele. Toda la vida –soltera, casada, con hijos, divorciada, empleada, mal pagada, desempleada, vuelta emplear- he visto que, a comienzos de año, se pone a armar con esmero el viaje o la excursión que planea para finales del mes de agosto. Aún en los tiempos más difíciles, se había arreglado para embarcarse en una aventura que la llevara cuando menos a una posada en Yaracuy. “Diseñar” esos viajes, aunque fueran de diez días, la mantenía ocupada e ilusionada durante los primeros ocho meses del año; en los otros cuatro rememoraba las vacaciones idas, y pensaba en el próximo destino. Camila disfruta, como nadie, la tarea de hurgar listas de hostales, rutas, paseos, restaurantes, museos, atracciones… Siempre ha logrado montar -y montar para los suyos- un paquete vacacional mejor que el de cualquier agencia. Sin contar el gozo que le produce esa ocupación. No importa que fuera a Praga, Nueva York, el delta del Orinoco, Mérida o las playas de Morrocoy. Siempre había contado con esa ilusión en la vida… Hasta ahora.

En esta ocasión más pudo la realidad: con la situación económica y tres adolescentes en casa no puede darse el lujo de su ilusión anual.

Cuelgo, y con el ánimo en el piso, me pongo a trabajar. Tres horas después, Larissa –otra amiga- me pregunta por mensajitos de texto que cuándo vuelvo a Caracas. No resisto la tentación y la llamo para saber cómo anda. Larissa está felizmente casada, tiene un trabajo que le gusta y por el que le pagan bien. Conversando con ella no se puede eludir el tema del país, pero esta vez no espero que sea del primer asunto que me habla:

-Acabamos de hacer mercado y en cuatro cosas gastamos mil ochocientos bolívares. Y no compré carne, ni pescado, ni pollo. Lo peor es que el fin de semana gastamos ochocientos… ¿lo crees? Nosotros dos, nada más en comida desembolsamos ¡cuatro mil bolívares al mes!

Al terminar la conversación, que por un rato mantuvo ese tono, en vez de seguir trabajando, pienso en la menor de mis hermanas –la que me pidió toallas sanitarias mexicanas-. Es soltera, trabaja nueve horas diarias en su propia consulta, paga sus gastos, anda en un carro de hace diez años y no puede ahorrar. A pesar de eso, harta de que la vida se le angoste, hace tiempo decidió copar sus tarjetas de crédito e irse al exterior cada vez que hay chance. Porque cuando le sellan el pasaporte siente que ya empieza a vivir en otra parte, que respira.

Llena de impotencia, decido dejar de trabajar y escaparme a leer. Tomo una novela del mexicano Xavier Velasco: Puedo explicarlo todo (Alfaguara, 2010). Un conejo en la portada y una sinopsis que habla de un pillo que escribe un libro de autoayuda me llevan al primer párrafo:

“La pena y el cansancio también tienen sus límites. Uno recobra el ánimo o las energías al poco de temerse que no resiste más. Tocar fondo es también una forma de rebotar. Aligerarse. Enterarse que en lo hondo del agujero también soplan de pronto nuevos aires. Según quien lo inventó, la guillotina debe de producir en el ajusticiado una súbita sensación de frescura…”

Publicado ayer en el suplemento Día D del diario 2001.

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