Encontrar lo que no está

Martes, 20 de septiembre de 2011

Luis Yslas, comentando en Prodavinci la novela de Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer.

Todo lector presiente una forma peculiar de soledad al recorrer las últimas páginas de un libro que se resiste a abandonar. ¿Cómo salir de un mundo que, por unas horas o días, fue también suyo? ¿De qué tipo de dolor está compuesto ese desprendimiento? ¿Qué se remueve en su interior? ¿Qué mutaciones se producen? Un lector que se haga estas preguntas debe sospechar que ese libro no lo abandonará del todo, al menos, mientras siga resonando en su propia historia. Y aunque esa sensación de soledad que lo invade se viva de muchos modos, y en repetidas ocasiones, y a pesar de que es posible releer el libro más de una vez, el efecto de la primera separación jamás tendrá el mismo impacto. Eso también forma parte del oficio de lector: aprender a vivir con ese fin del mundo que se repite en cada lectura, interminablemente, como el amor o la muerte.

¿Forma peculiar de soledad? ¿Dolor? ¿Aprender a vivir? ¿Cómo salir? ¿Cómo salir de un mundo que, por unas horas o días, fue también suyo? ¡¿Cómo salir?!

¡Por favor!

Pareciera que Yslas hablara no de pasar la última página de un libro que no queremos terminar sino de los traumas que confronta una persona que pierde trágica e inesperadamente a un familiar querido.

Los poetas mienten demasiado, se quejaba Nietzsche.

Y cada vez que leo reflexiones como la de Yslas pienso en esa frase.

Es el error frecuente que todos los escritores cometemos, empeñándonos en buscar significado incluso donde no lo hay.

Exagerar. Encontrar lo que no está. Complicar lo que es simple. Invertir demasiadas energías explorando aguas llanitas.

Estas son trampas de la literatura que debemos esquivar.

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