El volumen de su legado

Jueves, 7 de marzo de 2013

Incluso antes de su muerte el proceso de santificación ya había comenzado. Pero ahora el proceso se ha acelerado. Entre lágrimas y gestos de amor, decenas de miles de venezolanos han acudido a la Academia Militar en Caracas para verlo por última vez en su féretro. Hugo Chávez parece encaminado a cumplir una de sus principales ambiciones: perpetuarse en la memoria de muchos de sus compatriotas como un gran héroe y prócer nacional.

Antes de evaluar el legado del líder venezolano se debe primero aterrizar en el terreno pedestre de las cifras y plantar al frente de la discusión un dato importante: ningún país en la historia de América Latina ha recibido una bonanza como la que ha recibido Venezuela durante la última década. Alrededor de un billón de dólares han ingresado a las arcas venezolanas gracias a sus exportaciones petroleras, una cantidad exorbitante en un país de 29 millones de habitantes.

Esta bonanza le permitió a Chávez tomar la bandera de la lucha contra la exclusión social y financiar una miríada de programas sociales dirigidos a los pobres a través de lo cuales ganó muchos adeptos. Más importante aún, le permitió darse un lujo vedado a los países no petroleros: seguir un modelo económico cuyo funcionamiento depende de aumentar de la capacidad de consumo de la población a través de masivos incrementos del gasto público (cortesía de la renta petrolera y el endeudamiento) y fugaces repuntes macroeconómicos generados por la manipulación de las políticas monetarias, fiscales, cambiarias y salariales. Este modelo, dependiente del precio del crudo, es irresponsable e insostenible. Pero también, mientras dure, electoralmente efectivo.

La lluvia de petrodólares ayudó a Chávez a mantener otra ilusión. Aunque su mandato no fue una dictadura, tampoco fue una democracia. Fue un híbrido; uno de esos regímenes que alcanza el poder por el camino electoral pero luego modifica la Constitución y otras leyes para erosionar los límites entre los poderes o fundir las principales instituciones con el Ejecutivo; un régimen que acepta la realización de elecciones pero inclina las condiciones electorales a su favor hasta transformar una victoria de la oposición en una hazaña casi imposible; que restringe las libertades políticas de sus adversarios pero no lo suficiente como para que los académicos lo llamen una dictadura; y que logra de este modo revestir con una pátina de legitimidad democrática su naturaleza autoritaria.

Para aplicar exitosamente este modelo no se necesitan muchos recursos. Pero las posibilidades de éxito son infinitamente mayores cuando un gobierno cuenta con todo el poder y la riqueza de un petroestado para desnivelar el terreno electoral.

Dinero y poder, sin embargo, fueron desaprovechados por el líder venezolano de una manera casi trágica. Chávez ha podido valerse de la bonanza sin precedentes y la concentración de poder para adoptar un conjunto de políticas públicas inteligentes e impulsar el desarrollo del país. Para esto no tenía que lidiar con las restricciones internacionales e institucionales que comúnmente confronta un presidente de cualquier democracia. Pero a pesar de estas ventajas Chávez dejó una economía en ruinas, con una grave crisis fiscal, una de las más altas inflaciones del mundo, una moneda que ha perdido 90 por ciento de su valor durante su mandato y un aparato productivo desmantelado que ha llevado al país a ser el único miembro de la OPEP con un desabastecimiento crónico de productos básicos como la harina, la leche y el azúcar.

Dinero y poder tampoco le bastaron para frenar y revertir un franco deterioro de la infraestructura nacional que ha convertido en rutina los apagones; ni para modernizar las devastadas cárceles y hospitales públicos; ni para mermar una explosiva tasa de homicidios que también tiene la penosa distinción de ser una de las peores del mundo.

¿Qué se puede rescatar entonces del legado de El Comandante? No cabe duda de que millones de pobres en Venezuela se sintieron reconocidos por Chávez y empoderados por su discurso y muchas de sus políticas. Chávez arrimó hacia el centro del debate público el tema de la injusticia social. No abordó con éxito las causas estructurales de la pobreza, pero la increíble bonanza petrolera lo ayudó a reducirla y a lanzar las famosas “misiones” que, pese a estar marcadas por la ineficacia y el despilfarro, han asistido de una manera real y tangible a millones de venezolanos excluidos.

Cuesta imaginar a cualquier gobierno chavista u opositor del futuro relegando a los pobres a los márgenes de su discurso. No sólo porque ellos tienen ahora una voz más fuerte y el liderazgo político está más sensibilizado a sus problemas; también porque Chávez fue un poderosísimo recordatorio para los demócratas venezolanos de que los países con exclusión social son más vulnerables a los cantos de sirena de los populistas.

Incluso en su faceta de luchador social Chávez tiene un lado oscuro. Los programas sociales que impulsó y su talento para hacer sentir a los pobres que él era “uno de ellos” coexistían con constantes desplantes retóricos que buscaban atizar el resentimiento, el odio entre clases y la división social. El aparato mediático de propaganda oficial que levantó es un espejo de su propio discurso. Además de manipular las expectativas y necesidades de los pobres, promueve una concepción binaria de la sociedad. Para el chavismo el mundo está dividido entre buenos y malos, chavistas y oligarcas, revolucionarios y apátridas. Los que no están con la revolución, pobres o ricos, son sistemáticamente calumniados, satanizados o deshumanizados.

De hecho, uno de los aspectos negativos más subestimados del legado de Chávez es la casi total desintegración de los estándares y criterios objetivos que deben regular el debate público. Arbitrariedades que antes eran motivo de condenas universales ahora son vistas por amplios sectores de la población como normales o parte del juego político. Escándalos de corrupción que en otros países pasan a la historia como hitos se escurren de los medios como noticias efímeras. Criterios objetivos que permiten juzgar comportamientos y acciones han sido sustituidos por un vacío donde el poder y la fuerza se imponen sobre la razón.

Para el oficialismo lo importante es el volumen con que se transmiten las ideas y el poder que se tiene para imponerlas. Los discursos no se enfrentan racionalmente unos a otros, sino se imponen, por la fuerza, unos sobre otros. Y, desde que Chávez salió del escenario político por su enfermedad, no ha habido señal alguna de voluntad para restablecer los códigos del debate civilizado. Al contrario, en su retórica los sucesores del presidente han sido tan radicales como él.

Como los precios del petróleo se mantuvieron altos hasta su muerte, Chávez no vivió para presenciar el inevitable colapso de su proyecto político. Pero incluso con precios petroleros altos la situación económica se ha deteriorado a tal punto que su sucesor en la presidencia sí va a tener que confrontar las consecuencias de años de desgobierno. Una vez que esto ocurra, muchos chavistas podrían reaccionar pensando que el sucesor no está a la altura de El Comandante, añorando y glorificando el convulso período de catorce años que acaba de culminar. Esto sería una lástima porque la realidad es que Chávez nunca mereció la confianza y el respeto que millones de venezolanos depositaron en él.

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