El relincho del caballo

Martes, 13 de diciembre

La trama del capítulo II de La Fiesta del Chivo es, en apariencia, muy simple. El dictador Rafael Leónidas Trujillo se despierta en la madrugada, hace ejercicio, se asea, se viste y luego va a su despacho para comenzar la jornada. Pero es un verdadero tour de force donde Vargas Llosa introduce los principales temas de la novela. En la página 28, mientras hace ejercicio, el dictador escucha algo, a lo lejos:

El remo estaba en un cuartito adjunto, atiborrado de máquinas de ejercicios. Empezaba a remar, cuando un relincho vibró en la quietud del amanecer, largo, musical, como jocunda alabanza a la vida. ¿Cuánto tiempo que no montaba? Meses. Nunca lo había hastiado, después de cincuenta años seguía ilusionándolo como el primer sorbo de una copa de brandy español Carlos I, o la primera ojeada al cuerpo desnudo, blanco, de formas opulentas, de una hembra deseada.

Desprovista de su contexto, la frase quizá no es gran cosa. Pero insertada en medio de esas primeras 27 páginas magistrales de la novela la frase adquiere un brillo especial. Siempre la he percibido como uno de los picos de esa parte inicial de La Fiesta del Chivo. Misteriosamente, esa oración del relincho del caballo en la madrugada, que el dictador percibe como “jocunda alabanza a la vida,” es el detonante, la que me hace pensar en Vargas Llosa como un gran novelista, la que me recuerda a Ortega y Gasset diciendo leer a un gran escritor es casi un placer físico: como nadar o caminar en el bosque.

Y no sólo es la hermosísima asociación del sonido del caballo en la madrugada con la belleza de la vida. Es  la manera como esta frase reafirma con un toque casi mágico la calidad de todo lo que hemos venido leyendo.

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