El pensamiento mágico

Viernes, 18 de febrero de 2011

Hablando sobre la trágica muerte de su hermanita Marta en El olvido que seremos, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince hace una aguda reflexión sobre la gaseosa frontera que, dentro de cada uno de nosotros, separa al hombre civilizado del hombre bárbaro y primitivo.

La observación no es un raro chisporroteo de genialidad, sino una pequeña muestra de la calidad de la novela y el novelista (me tomé la libertad de hacer pequeños cambios y añadir algunas observaciones en cursivas):

Las enfermedades incurables nos devuelven a un estado primitivo de la mente. Nos hacen recobrar el pensamiento mágico. Como no comprendemos bien el cáncer, ni lo podemos tratar (y mucho menos en 1972, cuando Marta se murió), atribuimos su súbita aparición incomprensible a fuerzas sobrenaturales. Volvemos a tener ideas supersticiosas, religiosas: hay un Dios malo, o un demonio, que nos envía un castigo bajo la forma de un cuerpo extraño quizá por algún mal comportamiento o por algo malo que hicimos. Entonces se le ofrecen sacrificios a esa deidad, se le hacen promesas (dejar el cigarrillo, ir de rodillas hasta Girardota y besarle las llagas al Cristo milagroso, comprarle una corona de oro engastada de piedras preciosas a la Virgen), se le recitan plegarias, se exhiben muestras de humillación en medio de las peticiones. Los ateos y los agnósticos se vuelven de un minuto a otro acérrimos creyentes. Como la enfermedad es oscuraaterradora y misteriosa, creemos que sólo algo aún más oscuro sobrenatural la podrá curar.

Básicamente, Héctor Abad Faciolince nos dice que en esos momentos de miedo y dificultad poco o nada nos separa de aquellos hombres primitivos que veían los truenos o terremotos como un descargo despiadado de la ira de Dios, o que se tatuaban el cuerpo con espirales y símbolos extraños para aullentar a los espíritus malignos. El salvaje que habita dentro de nosotros -y del que jamás nos libraremos- se sale de la jaula.

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