El memo

Viernes, 7 de septiembre de 2012

Como para confirmar lo que escribí ayer, miren esto:

 

Una reflexión aparte.

Ya he citado aquí una anécdota del compositor John Cage sobre su maestro Arnold Schoenberg, radical innovador que revolucionó la música durante el siglo veinte abandonando el sistema tonal e inventando el sistema dodecafónico.

Cage cuenta (cito de memoria) que Schoenberg una vez le preguntó cuántas horas tiene el día. Cage respondió que veinticuatro. Schoenberg negó con la cabeza y le dijo: “No es cierto. El día tiene el número de horas que John Cage -y no otro- decida ponerle.”

¿A qué viene esto?

A que a veces algunos lectores me han regañado por especular en mis notas. De hecho, esta es una herramienta que es rechazada dogmáticamente por muchos. Cuando Jorge Castañeda la utilizó en un artículo sobre Cuba y Bernard-Henri Lévy en su libro sobre Daniel Pearl, muchos periodistas y analistas arremetieron contra ellos por dignarse a romper este tabú periodístico.

¿De qué me sirvió ayer especular?

Pues imaginar que podría estar pasando en un determinado momento, cuando este ejercicio de imaginación se autodefine como tal y se fundamenta en años de seguir un tema de cerca, podría alertar a otras personas sobre un escenario altamente posible. Y, mientras más personas estén alertas sobre este escenario posible, mayores son las probabilidades de captar otras pruebas que nos acerquen más a la verdad o nos la confirmen.

Descubrir a Schemel requirió de un esfuerzo comunal en el que la especulación responsable e inteligente jugó un papel importante.

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