El chavismo como problema

Lunes, 15 de noviembre de 2010

Cuando una sociedad confronta un gobierno como el de Hugo Chávez en Venezuela, es natural que surjan opiniones muy distintas sobre la mejor manera de combatir al régimen. ¿Cómo hacer para frenar los abusos de un gobierno que ha secuestrado las instituciones encargadas de fiscalizar su poder? ¿Cómo responder a las constantes violaciones a la Constitución del presidente si el poder judicial está subordinado a él? ¿No es absurdo participar en elecciones marcadas por un grosero ventajismo legal, financiero y mediático que desnivela el terreno electoral a favor del oficialismo? ¿Cómo saber cuando la participación electoral, en vez de beneficiar a la oposición, simplemente está legitimando al régimen? ¿Qué grado de funcionalidad deben conservar las instituciones para que la resistencia democrática siga siendo una opción válida y no ingenua?

En su último libro, El chavismo como problema, el famoso ex guerrillero, ex dirigente político izquierdista y editor del diario venezolano Tal Cual, Teodoro Petkoff, aborda estas preguntas, formulando en el proceso su visión de la estrategia que debe seguir la oposición en Venezuela. El horizonte del libro, claro está, va mucho más allá de una simple recomendación estratégica. Petkoff busca analizar ampliamente el fenómeno del chavismo, desde el contexto en que surgió hasta su naturaleza y direccionamiento político y económico. Pero lo mejor del ensayo no son estos temas. Lo más valioso es el argumento a favor de la participación, un argumento que otros han defendido y promovido en los últimos años, pero nadie con mayor influencia que Petkoff sobre la dirigencia de la oposición.

En esencia, el argumento de Petkoff consiste en una idea muy simple: la participación electoral y la lucha por llenar y reconquistar espacios institucionales es, en términos generales, la mejor estrategia que puede adoptar la oposición. Fuera de la lucha armada o el golpe de Estado, opciones que son rechazadas la mayoría de los venezolanos y por la unanimidad del liderazgo opositor, no existe mejor alternativa que la participación para frenar las ambiciones totalitarias de Chávez y aspirar a una transición pacífica de poder en las elecciones presidenciales de 2012.

Para desempacar este argumento Petkoff hace primero un análisis de la estrategia de la oposición durante la última década, resaltando el costo que significó para ella los graves errores que cometió durante el primer sexenio chavista, sobre todo en 2004 y 2005. Petkoff señala que cuando ascendió al poder, Chávez heredó una estructura institucional que restringía seriamente sus impulsos totalitarios. El parlamento electo en el año 2000, por ejemplo, tenía una sólida mayoría chavista, pero al mismo tiempo una importante presencia opositora con capacidad de influir en la designación del Tribunal Supremo, la Fiscalía, la Contraloría y otras instituciones del Estado. Aunque la oposición era minoría, el oficialismo tuvo que negociar cargos con esa minoría, razón por la cual un número menor, pero importante, de esas designaciones recayó en opositores o ciudadanos aceptables para ambas partes. La oposición ganó además ese mismo año un buen número de alcaldías y ocho de las 23 gobernaciones, incluyendo varias de las más importantes del país. De modo que para ese momento, explica Petkoff, “Chávez estaba constreñido por un marco constitucional e institucional del cual no se podía zafar fácilmente.” Demoler el andamiaje democrático no era fácil con la oposición ocupando puestos importantes dentro de ese andamiaje.

Pero a partir de la victoria de Chávez en el referendo revocatorio de 2004, que desmoralizó al sector de la población que entonces adversaba al presidente llevándolo a caer en la trampa del abstencionismo, la oposición comenzó a ceder espacios institucionales, abriéndole el camino al presidente para avanzar poco a poco con su aplanadora autoritaria. El primer error fue en 2004, cuando el oficialismo logró capturar 21 de las 23 gobernaciones gracias al abstencionismo opositor. El segundo (y más grave) error fue en 2005, cuando la oposición, escudándose con un argumento moralmente válido pero estratégicamente absurdo, decidió boicotear las elecciones legislativas, cediéndole el parlamento a Chávez y entregándole prácticamente de gratis todos los poderes derivados. A partir de ese momento, y hasta las elecciones de 2008, Chávez confrontó muy poca resistencia institucional en el proceso de gradual demolición de las estructuras democráticas del país.

En contraste, la estrategia de participación electoral y reconquista de espacios institucionales le ha dado claros réditos políticos a la oposición. En 2007 Chávez propuso una serie de reformas antidemocráticas como parte de su proyecto de reforma constitucional. La reforma era ilegal, pero sin mejor alternativa la oposición decidió confrontar a Chávez en las urnas, derrotándolo en un referéndum ese diciembre. Del mismo modo, la oposición decidió medirse en las elecciones regionales de 2008, reconquistando con el voto varias de las gobernaciones más importantes del país en condiciones electorales tremendamente injustas. El pasado 26 de septiembre la oposición recuperó espacios importantes en el parlamento siguiendo la misma estrategia, alzándose con poco más de un tercio de los escaños y la mayoría del voto popular (incongruencia que ilustra cómo se manipularon leyes electorales para favorecer al gobierno).

Es cierto, recuerda Petkoff, que Chávez ha logrado aprobar por decreto o a través de su mayoría parlamentaria muchas de las reformas que fueron rechazadas en el referéndum de 2007, desconociendo flagrantemente la voluntad popular. También es cierto que Chávez ha despojado de poderes y recursos a los gobernadores y alcaldes de oposición electos en 2008, y que en el caso de la alcaldía metropolitana de Caracas superpuso ilegalmente al burgomaestre que ganó las elecciones una figura elegida directamente por él. Y es cierto que el pasado Congreso, justo antes culminar su período, le otorgó al presidente poderes especiales para legislar durante 18 meses, reduciendo significativamente las funciones del nuevo Congreso en el que la oposición tiene una mayor presencia.

Sin embargo, también es cierto que, con la estrategia de participar y no ceder espacios institucionales, la oposición ha complicado los planes del gobierno e incluso reconquistado puestos importantes en lo que todavía queda del andamiaje democrático. Con la reforma constitucional, por ejemplo, Chávez propuso superponer una serie de vicepresidentes regionales elegidos por él encima de la estructura de alcaldes y gobernadores. La oposición no sólo detuvo este plan centralizador derrotando al oficialismo en el referéndum, también obstaculizó nuevos intentos de centralizar el poder en la capital ganando en 2008 varias de las más importantes gobernaciones del país. Esas victorias electorales han forzado al gobierno a abandonar el plan de las vicepresidencias y adoptar estrategias más graduales para debilitar a las autoridades locales y regionales, como ir despojándolas de competencias y asfixiándolas con recortes presupuestarios. También ha permitido que la oposición aproveche la reconquista de ciertos espacios para consolidar su dominio sobre estos espacios, una realidad evidente que revela cualquier análisis comparativo de los resultados de las regionales de 2008 y las parlamentarias del pasado septiembre. Aunque el plan centralizador no ha sido derrotado, no queda duda de que la oposición ha movido hábilmente sus piezas en el ajedrez político nacional para obstaculizarle el paso al gobierno.

Esta estrategia de participación, que depende, por supuesto, de la preservación de un número mínimo de garantías para defender el voto, es uno de los grandes aciertos de la oposición venezolana durante la última década. En un país donde el presidente y el partido de gobierno se valen de todo tipo de trampas para desnivelar el terreno electoral, desde las inhabilitaciones y el uso abusivo de recursos y medios estatales, al gerrymandering, la intimidación, el chantaje y la discriminación, la abstención y la búsqueda de atajos son reacciones previsibles, sino naturales. Más importante aún, el argumento a favor de la participación es sumamente sofisticado, no fácil de asimilar y digerir, sobre todo en un colectivo cuyo juicio puede ser a veces nublado por una comprensible rabia, frustración e indignación producto de los abusos del gobierno. Que se haya logrado un consenso entre todas las principales fuerzas opositoras de que la participación y el voto son las mejores herramientas de lucha contra el régimen, es un logro formidable que los analistas políticos tienden a subestimar.

En esta dura batalla para forjar este consenso dentro de la oposición Teodoro Petkoff ha sido una pieza clave. A través de sus influyentes editoriales en el diario Tal Cual, su activa presencia en los medios y su actividad política en general, Petkoff ha luchado como pocos para resaltar y promover las ventajas y beneficios de la participación. Quienes lo leen a diario en Tal Cual, no encontrarán en este sentido muchas sorpresas en El chavismo como problema, pues la mejor y más importante parte del libro es un desarrollo de este viejo pero importante argumento. Nunca antes, sin embargo, Petkoff lo había expuesto con tanta fuerza, elocuencia y lucidez.

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One thought on “El chavismo como problema

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