Discurso como humor

Viernes, 16 de julio de 2010

Ayer, escuchando con atención una cadena de Chávez durante más de una hora, tomé algunas notas. Perdonen la redacción apurada:

Mientras habla, Chávez está ensimismado, bajo el hechizo de sus propias palabras. Está sumido en el momento, en parte –y en ésto no creo equivocarme– creyéndose lo que dice. Su discurso no sigue un cauce racional, sino se deja jalonar por las emociones. Su discurso no parece tener un centro, unos claros parámetros que lo regulen, que le impongan límites, reglas objetivas, para así evadir contradicciones, desplantes, excesos. Al contrario: verlo hablar es presenciar un triunfo parcial de las emociones sobre el intelecto. Sus opiniones no son de verdad opiniones sino algo mucho menos fijo y más volátil, que está más cerca de los apetitos o los estados de humor. Por eso puede sonar genuino, como suenan genuinos los comentarios irracionales de un hombre que sucumbe, de pronto, a un ataque de rabia o de tristeza. Por eso sus palabras gozan de cierta legitimidad emocional, una virtud poderosa para seducir o convencer. Por supuesto, a veces se puede detectar claramente la intención manipuladora, la mentira consciente. Pero escuchándolo es difícil establecer claras delimitaciones entre la manipulación, la convicción, la honestidad, el delirio, la ignorancia, la mentira.

Un ejemplo.

Como media hora después de comenzar la cadena, Chávez comienza a regañar a los venezolanos por consumir cerveza. Habla sobre cómo los ricos buscan manipular a los pobres vendiéndole cervezas en vez de helados, frutas, etc. “¿Por qué el presidente de Polar no vende helados en los barrios? ¿Por qué eso no le da tanto dinero?”

Luego dice (todas mis citas son de memoria): “A los pobres los han acostumbrado a beber, a fumar, para que los oligarcas puedan enriquecerse. Uno va a los barrios y uno no ve cines, uno no ve teatros, uno no ve heladeros.”

De pronto, Chávez reacciona. Uno nota claramente cómo le pasa una nube por la cabeza, saboteándole su idea. Chávez recuerda que él lleva ya once años en el poder y que, si no hay cines en los barrios, la culpa es también suya. Entonces retrocede. Dice: “Claro, ya se ha avanzado mucho. Se ha hecho un esfuerzo grande en estos últimos años por construir canchas deportivas, alejar a los pobre de las drogas con actividades culturales, etc…”

El momento es revelador. La razón impidió que Chávez se desbarrancara en el terreno de lo absurdo. Pero esto no siempre pasa, porque en Chávez los pilares de la razón, esos que se encargan de regular las corrientes de las emociones, son increíblemente débiles. Muy fácilmente, Chávez ha podido desbarrancarse. Muy fácilmente, Chávez ha podido seguir hablando de las carencias de los barrios, cegado por la emoción del momento.

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