Diario de Tailandia (parte II)

Miércoles, 1 de agosto de 2007

Masaje en el Wat Pho

Llego justo a tiempo –una hora antes del cierre– al Instituto del Masaje, la escuela más prestigiosa en su campo en Tailandia. La ubicación del instituto es privilegiada, pues está al fondo nada menos que del Wat Pho, el templo más grande y antiguo de Bangkok, y hogar del hermoso Buda Reclinado. En la mañana visité el Gran Palacio, donde vi uno de los tesoros de la ciudad, el famoso Buda de Esmeralda, pero este Buda dorado, que mide 46 metros de largo y se encuentra en una capilla donde apenas cabe, me gusta mucho más que aquél. Escucho a un turista australiano decirle a su acompañante que, a juzgar por su expresión, el Buda Reclinado acaba de recibir un masaje como el que ellos acaban de recibir.

Me acerco al Instituto del Masaje, expectante. Después de pasar el día visitando templos, monumentos y caminando por el distrito chino bajo el sol inclemente de la ciudad, la idea de recibir un masaje de una hora suena bien. La sede del instituto es un recinto con techos inclinados que no desentona con las bellas y dilapidadas edificaciones del Wat Pho. Está muy lejos de asemejarse a esos modernos spa, con luces menguantes y música minimalista, donde en Estados Unidos ofrecen el mismo servicio a precios demasiado altos para mi presupuesto. ¿Me preocupa esta falta de lujo? ¿Me inspira sospecha el precio sospechosamente bajo del masaje? En lo absoluto. Sé, porque lo he leído en todas partes, que en este país los masajes son parte de la cultura: una tradición inmemorial.

Después de pagar, una joven masajista, cuyo rostro me recuerda a una de esas gruesas morenas de los cuadros de Tahití de Gauguin, me hace un gesto para que la siga. En el lugar hay más de una docena de camas con sábanas amarillas (otra vez el amarillo), cada una con un ventilador. Recostados en estas camas, en diferentes posiciones, veo a muchos hombres y mujeres, la mayoría de ellos turistas, la mayoría de ellos dormidos o con los ojos cerrados como hipnotizados. El calor, combinado con esta multitud que se abandona a los placeres sensuales de este templo, me hace sentir, una vez más, en tierra exótica.

Me quito la camisa y me recuesto en la cama bocabajo, como me ordena la masajista. A mi lado veo como otra masajista, una anciana que parece no tailandesa sino china y es idéntica a la cajera, se arrodilla y vuelca todo el peso de su cuerpecillo en la espalda de un gordo rosado. Más allá veo a otra utilizar los dedos de sus pies para estrujar los muslos de una joven y a otra estirando la pierna de un viejo utilizando casi todo su cuerpo. ¿Son estas técnicas dolorosas? No sé ni me importa. Me alegra pensar que ahora todo eso me va a pasar a mí, quizá porque sé que el placer y el dolor, como la vigilia y el sueño en esta ciudad soporífera, son terrenos que a veces se superponen.

Imitando a mis vecinos, cierro los ojos apenas siento la presión caliente de las manos de la masajista. El masaje comienza en la espalda, pero luego se extiende a los glúteos, y luego a las piernas, los pies y los dedos de los pies. Para relajar los músculos la masajista utiliza sus manos diestras, seguramente acostumbradas desde niña a distender tensiones. Pero también utiliza los antebrazos, los pies, los codos, las rodillas –todo, pues, lo que haga falta para hacer bien su trabajo.

¿Hay algo sexual en este masaje? Ciertas experiencias me sorprenden por su carga erótica. No me refiero a bailar pegado con una desconocida en el anonimato de una multitud, ni a espiar a una mujer que lenta y ceremoniosamente se desviste a través de una ventana o una puerta semiabierta, desde un ángulo en el que apenas podemos verla. El erotismo de esas experiencias es demasiado obvio. Hablo, por ejemplo, de un corte de pelo. La manera como una peluquera a veces me acaricia el cabello, o lo revuelve, gestos que pueden ser parte de su trabajo –y probablemente lo son–, pero que yo tiendo a interpretar como algo más, quizá un pequeño avance o quizá parte de un muy sutil juego erótico. O la manera como al principio me lava el cabello. ¿No frota mi cabeza con movimientos un poco insinuantes? ¿No lleva demasiado tiempo frotando la nuca, donde no hay cabello? ¿No aprovecha la licencia de su trabajo para transgredir (apenas) los límites del comportamiento normal y colocarse en ese estrecho y ambiguo terreno del quizá-sí-quizá-no? Aunque es muy probable que esté malinterpretando sus gestos, la carga erótica está allí. Para mí, al menos.

Pero esta experiencia en el Wat Pho no es erótica. Me sorprende que con este masaje no siento siquiera un amago de excitación. Más que todo la experiencia es relajante, algo así como una duermevela, con la diferencia de que estoy completamente despierto. ¿Es el masaje lo que me relaja? Sí, pero no sólo eso: también me relaja el rumor y el aire caliente de los ventiladores, el calor declinante de la tarde y el barullo de la ciudad –esos ruidos lejanos de cornetas, máquinas de construcción, motocicletas, que ahora extrañamente me arrullan. Me relaja, también, la vocecita de la masajista que, de tanto en tanto, le dice algo a su vecina en un tono tan suave y agradable que me recuerda esos adornos colgantes chinos que suenan con la brisa. Y me relaja el estar aquí, entre desconocidos, en esta tierra remota al otro lado del mundo, al fondo de este “Templo de la Ilustración” que hospeda a un gigante y hermoso Buda.

Luego, en el hotel, apuntaré en un cuaderno que el masaje es, hasta el momento, uno de los hitos del viaje. Sentado en una mesa en mi habitación, asomará la certeza de que jamás olvidaré esta experiencia, así como no olvidaré el Gran Palacio, el Wat Arun, los tuk-tuk y el Chao Phraya. Allí, en esa mesa, comenzará la batalla para tratar de transponer al papel mi experiencia y comenzaré a apuntar notas estúpidas que luego no me servirán para nada.

Pero ahora no pienso en esas cosas. Ahora sólo me dejo llevar por el sopor de la tardecita.

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