A la sombra del patriarca

Miércoles, 28 de octubre de 2009

fidel gaboLa relación entre Gabriel García Márquez y Fidel Castro ha sido explicada por algunos como una prueba de la confesa fascinación del escritor por el poder (en general) y Castro (en particular). Dicen que esta fascinación, combinada con un anti-imperialismo adolescente y una actitud escéptica hacia la democracia representativa, explica la cercana amistad entre el premio Nobel y el sátrapa cubano. Pero otros son menos generosos y cuestionan la integridad del autor de Cien Años de Soledad. Dicen que García Márquez está consciente de la podredumbre moral de la dictadura castrista, pero por alguna misteriosa razón decide callar.

Leyendo el polémico ensayo de Enrique Krauze sobre este tema (disfrazado de reseña de la nueva biografía de García Márquez), uno advierte que estas dos interpretaciones no son mutuamente excluyentes.

Sobre la primera, Krauze ofrece varios datos interesantes, algunos ya harto conocidos. Quizá los más reveladores son citas sobre Fidel extraídas de varios “reportajes” políticos de García Márquez:

Tres despachos que Martin [biógrafo de García Márquez] considera “memorables,” pero no glosa siquiera, fueron escritos por García Márquez tras una larga estancia en la isla en 1975 y se titularon “Cuba de cabo a rabo.” Los publicó en agosto-septiembre de ese año la revista Alternativa, que fundó en Bogotá en 1974. ¡Y vaya que eran memorables! Sabrosos, como todos los suyos, declaraban una profesión absoluta de fe en la Revolución encarnada en la heroica figura del comandante…: “Cada cubano parece pensar que si un día no quedara nadie más en Cuba, él solo, bajo la dirección de Fidel Castro, podría seguir adelante con la Revolución hasta llevarla a su término feliz. Para mí, sin más vueltas, esta comprobación ha sido la experiencia más emocionante y decisiva de toda mi vida.”

Lo fue, al grado de que en 34 años García Márquez no se ha apartado públicamente de esa visión epifánica. ¿Qué vio, que cualquiera podía ver? Logros tangibles en los servicios de salud y educación (aunque no se preguntó si para alcanzarlos era necesario el mantenimiento de un régimen totalitario). ¿Qué no vio? La presencia de la urss, salvo como generosa proveedora de petróleo. ¿Qué dijo no haber visto? “Privilegios individuales” (aunque la familia Castro se había adueñado de la isla como patrimonio personal), “represión policial y discriminación de ninguna índole” (aunque desde 1965 se habían creado los campos de concentración para homosexuales, antisociales, religiosos y disidentes, llamados eufemísticamente Unidades Militares de Ayuda a la Producción o umap). ¿Qué sí vio, finalmente? Lo que quería ver: a cinco millones de cubanos pertenecientes a los Comités de Defensa Revolucionaria no como los ojos y el garrote de la Revolución sino como su espontánea, multitudinaria y “verdadera fuerza” o, más claramente –en palabras de Fidel Castro, citadas con elogio por el propio García Márquez–, “un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria para que todo el mundo sepa quién es y qué hace el vecino que vive en la manzana.” Vio multitud de “artículos alimenticios e industriales en los almacenes de venta libre” y profetizó que “en 1980 Cuba sería el primer país desarrollado de América Latina”…

Pero sobre todo vio a Fidel. Vio “el sistema de comunicación casi telepática” que había establecido con la gente. “Su mirada delataba la debilidad recóndita de su corazón infantil [...] ha sobrevivido intacto a la corrosión insidiosa y feroz del poder cotidiano, a su pesadumbre secreta [...] ha dispuesto todo un sistema defensivo contra el culto a la personalidad.” Por eso, y por su “inteligencia política, su instinto y honradez, su capacidad de trabajo casi animal, su identificación profunda y confianza absoluta en la sabiduría de las masas,” había logrado suscitar el “codiciado y esquivo” sueño de todo gobernante: “el cariño.”

Sobre la segunda interpretación, Krauze también arroja luz. Un episodio iluminador es la polémica entre García Márquez y Susan Sontag poco después de la primavera negra de 2003:

En marzo de ese año [2003], en una acción fulminante, Castro reeditó los juicios de Moscú contra 78 disidentes condenándolos a penas de entre doce y veintisiete años de cárcel. (Uno de ellos fue acusado de poseer “una grabadora Sony”.) Acto seguido, ordenó matar en caliente a tres muchachos que querían huir del paraíso en un lanchón. Ante el crimen, José Saramago declaró (luego se desdijo) que “hasta allí llegaba” su relación con Castro, pero Susan Sontag fue más lejos y, en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, confrontó a García Márquez: “Es el gran escritor de este país y lo admiro mucho, pero es imperdonable que no se haya pronunciado frente a las últimas medidas del régimen cubano.”

En respuesta, García Márquez pareció marcar vagamente sus distancias: “En cuanto a la pena de muerte, no tengo nada que añadir a lo que he dicho en privado y en público desde que tengo memoria: estoy en contra de ella en cualquier circunstancia, motivo o lugar.” Pero casi de inmediato tomó distancia… de su distancia: “Algunos medios de comunicación –entre ellos la CNN– están manipulando y tergiversando mi respuesta a Susan Sontag, para que parezca contraria a la Revolución cubana.” Para remachar, reiteró un viejo argumento suyo, justificatorio de su relación personal con Castro: “No podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y conspiradores, que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años.”

¿“Absoluto silencio” o complicidad absoluta? ¿Por qué los habría ayudado García Márquez a salir de Cuba si no es porque consideraba injusto su encarcelamiento? Y si lo consideraba injusto (tanto como para abogar por ellos), ¿por qué siguió (y sigue) respaldando públicamente a un régimen que comete esas injusticias? ¿No hubiera sido más valioso denunciar públicamente el injusto encarcelamiento de esos “presos, disidentes y conspiradores” y así contribuir a acabar con el sistema de prisiones políticas cubano?

Las preguntas de Krauze son pertinentes. Una posible explicación de esta ambivalencia es que García Márquez es débil y no puede anteponer su juicio moral a su amistad con Castro (lo que quizá explica su silencio ante la ejecución de su amigo Tony de la Guardia). Otra es que, como tantos comunistas, el escritor se escuda detrás del falaz argumento de que no se puede hacer una tortilla sin romper varios huevos. Es decir: en el camino al paraíso socialista es imposible no sacrificar de vez en cuando la moralidad.

Una vez más, estas dos posibilidades no son mutuamente excluyentes.

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