The Wire

Miércoles, 5 de diciembre de 2012

Jacob Weisberg sobre The Wire:

The Wire, which has just begun its fourth season on HBO, is surely the best TV show ever broadcast in America. This claim isn’t based on my having seen all the possible rivals for the title, but on the premise that no other program has ever done anything remotely like what this one does, namely to portray the social, political, and economic life of an American city with the scope, observational precision, and moral vision of great literature.

Primero que nada déjenme suscribir lo dicho por Weisberg. Sé que llegué tarde a esta fiesta y que soy el último de una larga lista en decirlo. Pero The Wire se mide de tú a tú con la gran literatura. Más aún, la ambición totalizadora de David Simon y Ed Burns contrasta con la llaneza de muchos escritores contemporáneos “serios” que se tapan la nariz cuando escuchan las palabras “serie televisiva.”

No me malinterpreten. Yo llevo tiempo rechazando a priori este tipo series. Pero no he llegado ni a la tercera temporada y The Wire ya hizo añicos este prejuicio. Y no sólo eso: también me hizo ver el increíble potencial de este género -un potencial para lograr una densidad novelística que el cine, por ejemplo, no tiene.

Pero luego hablaré más sobre esto. Por ahora quiero decir lo siguiente.

Cuando Weisberg dice “visión moral,” creo que sé qué quiere decir y que simplemente está tomando un atajo para expresar en un par de palabras algo más complejo. Visión moral quiere decir sutileza y profundidad en el análisis de problemas y dilemas morales.

Ilustro esto con un ejemplo.

En la segunda temporada de la serie el oficial Jim McNulty es marginado del Departamento de Policía de Baltimore y reasignado a la unidad marítima, un trabajo miserable que consiste en patrullar las aguas del puerto en pleno invierno.

En una de esas patrullas McNulty se cruza con un barco accidentado que está obstaculizando las rutas de los barcos de carga. El deber de McNulty es remolcarlos a tierra pero el dueño del barco, un sujeto con pinta millonario, le ofrece dinero para que los saque de la ruta pero no los remuelque a tierra. ¿La razón? Se está llevando a cabo una fiesta glamorosa en el barco y el dueño no quiere interrumpirla. McNulty se deja sobornar.

Ahora bien, lo interesante es que hasta ahora el espectador tiene una buena imagen de McNulty. A diferencia de muchos de sus compañeros, no está obsesionado con su carrera ni por hacer cualquier cosa por subir escalafones. Cuando sus superiores deciden estropear o obstaculizar investigaciones por motivaciones políticas, McNulty se resiste. Mientras que algunos de sus compañeros se resignan a las trampas de la burocracia y al arribismo inmoral de sus jefes, McNulty no parece capaz de adaptarse a estos abusos. De hecho, este aspecto de su personalidad explica en parte su reasignación a ese trabajo mísero en la unidad marítima.

Al mismo tiempo, el soborno es creíble. En primer lugar, McNulty no es un santo. Bebe y parrandea mucho, maneja borracho, está divorciado, vive en un apartamento sin muebles y con un colchón en el suelo.

En segundo lugar, la moralidad es compleja. McNulty sería totalmente incapaz de dejarse sobornar por el líder de la organización criminal que está obsesionado por desmontar, ni siquiera por una cantidad mil veces mayor a la que le ofreció el dueño del barco. Pero por alguna compleja razón, un motivo que quizá no es muy racional o deliberado, sucumbe ante la oferta del dueño del barco. Quizá influyó el frío o su resentimiento por la reasignación o el cansancio o porque en una fracción de segundo pensó que el soborno era trivial e inofensivo o quizá ni lo pensó. O quizá en esa ocasión simplemente actuó como un sinverguenza, lo cual no quiere decir que sea uno todos los días.

El hecho es que nuestra mente se resiste a juzgarlo con un código binario. Sabemos que hizo mal pero no le perdemos el respeto.

Sin darnos cuenta, Simon nos ha dado una lección sobre la complejidad de la moral.

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