Antes y después del 7/O

Lunes, 3 de diciembre de 2012

Una revista me pidió este ensayo y al final no se pudo publicar. Aquí se los dejo:

El 4 de octubre Hugo Chávez celebró el cierre de su campaña en la avenida Bolívar en Caracas. Opositores del gobierno calificaron el acto como un fracaso, menos concurrido y espontáneo que el liderado unos días antes por el candidato opositor Henrique Capriles. Por las redes sociales circuló una fotografía de largas filas de autobuses estacionados que el oficialismo había utilizado para traer gente desde diferentes regiones del país y abarrotar la avenida. Los comentarios sobre la foto giraban alrededor de la misma pregunta. ¿No eran esas docenas de autobuses señales del desgaste del gobierno, y de la derrota que sufriría el día de las elecciones?

En realidad no lo eran. El 7 de octubre Hugo Chávez fue reelecto para un tercer período presidencial de seis años con cincuenta y cinco por ciento del sufragio, superando a la oposición con una cómoda ventaja de once puntos y más de un millón y medio de votos. El oficialismo obtuvo su pico histórico, con una votación que sobrepasó la barrera de los ocho millones.

Los autobuses, pues, podían ser vistos como una señal de la incapacidad del oficialismo para llenar espontáneamente un acto con seguidores. Pero, en retrospectiva, esa supuesta incapacidad no era la noticia importante. La noticia era cómo el Estado entero estaba siendo movilizado para asegurar el triunfo del presidente. Los autobuses eran la punta del iceberg.

Buena parte de la oposición no reconoció o prefirió no reconocer esta realidad. Factores de peso que han debido embridar la esperanza y el optimismo fueron comprensiblemente nublados por el deseo de triunfo y por la polvareda de emoción que levantó la campaña de Capriles. Pero la probabilidades de triunfo de Chávez siempre fueron altas. En América Latina los presidentes rara vez pierden carreras para ser reelectos. En los últimos treinta años sólo dos han sido derrotados, Daniel Ortega en Nicaragua, e Hipólito Mejía en República Dominica. Venezuela es además un país petrolero con fuertes tendencias autoritarias, donde las ventajas de competir desde el poder son considerablemente mayores. No es fácil destronar a un presidente que, durante el mayor y más largo boom petrolero de la historia, cuenta con un petrochequera que además puede utilizar sin controles.

Consideren el aumento del gasto público. Desde 2011 el presidente Chávez literalmente supeditó la economía nacional a su campaña, una estrategia insostenible en el largo y acaso mediano plazo, pero electoralmente efectiva. Aprovechando los altos ingresos petroleros y endeudándose, el gobierno expandió su gasto y apuntaló el consumo, generando una sensación de bonanza.

El gasto público se expandió en alrededor de un 30 por ciento en términos reales durante los doces meses previos a las elecciones. Nunca antes en la historia del país un gobierno había gastado tanto en períodos preelectorales. La economía creció impulsada por este gasto por encima del 5 por ciento los primeros dos trimestres de 2012, una tasa que en prácticamente cualquier país del mundo hubiese sellado la reelección del presidente.

El gasto fue además un gasto populista, inflado durante el año preelectoral e inmediatamente recortado después de las elecciones. Una parte importante se dirigió a una serie de programas sociales de transferencia directa de efectivo o de financiamiento del consumo privado. De estos programas el buque insignia fue la Misión Vivienda, creada en 2010 con el objetivo de entregar 350 mil nuevos hogares para finales de 2012. El programa está plagado de problemas y no ha llegado ni cerca de cumplir sus metas, pero más de tres millones de personas se registraron antes de los comicios con la aspiración de recibir una vivienda. Durante la campaña el gobierno insistió que una victoria de la oposición pondría en riesgo el programa, atando el voto a la entrega de casas.

Al gasto se sumaron otros factores como el ventajismo en los medios. Durante la campaña las cadenas presidenciales, a través de la cuales Chávez, bajo cualquier pretexto, obliga a todos los medios radioeléctricos independientes a transmitir simultáneamente sus mensajes, sumaron un total de 47 horas. En los medios públicos la cobertura de las actividades del presidente alcanzó 180 horas, mientras la cobertura de los actividades de Capriles apenas llegó a 27. La ley establece que cada campaña puede comprar cada día, por cada medio de comunicación, un máximo de tres minutos de televisión y cuatro minutos de radio. Pero esta limitación excluye la publicidad “institucional,” en Venezuela prácticamente indistinguible de la publicidad electoral del oficialismo. Al inicio de la campaña la Asamblea Nacional aprobó un crédito adicional para este tipo de publicidad por 300 millones de dólares, una cantidad mucho mayor a lo que gastó Capriles en toda su campaña.

Esto ocurre además dentro de un contexto de intimidación y cierre de medios independientes y expansión masiva del sistema de medios públicos. Y los medios públicos no se dedican sólo a ensalzar la gestión del presidente. También dirigen las más feroces campañas de descrédito contra sus adversarios políticos. A Capriles los medios públicos lo calumniaron sistemáticamente. Por ejemplo, un reportaje transmitido por Venezolana de Televisión lo acusó de pertenecer a un “grupo de inspiración nazi” que propugna “la eliminación de negros, mestizos, comunistas y pobres.” En la misma estación también se insinuó que Capriles es homosexual y un presentador circuló una caricatura que muestra al candidato en ropa interior rosada, un señalamiento que sorpende menos por su falsedad que por su homofobia.

El ventajismo también abarcó otras áreas como la movilización del voto. El día de las elecciones seis mil quinientas motos, además de autobuses, carros y camionetas, fueron desplegadas en Caracas para transportar a las urnas a los seguidores del presidente, según un reportaje publicado por El Universal. La Fuerza Armada y la Guardia Nacional contribuyeron en esta masiva operación, al igual que lo hizo Petróleos de Venezuela. Incluso ambulancias de centros de salud estatales fueron aprovechadas para movilizar a los seguidores del presidente.

Es cierto que la oposición también compitió con poderosos vientos a su favor. A pesar del crecimiento, la economía padece graves problemas de escasez y una de las tasas de inflación más altas del mundo. Los apagones se han vuelto comunes en varias regiones por el deterioro del sistema eléctrico nacional. Los entramados hospitalario y penitenciario están en la ruina. La crisis de inseguridad también es una de las peores del planeta, peor incluso que en algunas zonas de guerra. En 2011 hubo más homicidios en Venezuela que en todos los países europeos juntos.

Estos problemas, sin embargo, han probado no ser determinantes para la mayoría de los venezolanos a la hora de decidir su voto. Desde 2006 la votación del chavismo no ha sido consistente, ni mostrado una clara tendencia, sino más bien ha subido y bajado como un zigzag. En los seis procesos electorales que se han realizado durante ese período se observa una clara correlación entre la votación que ha obtenido el oficialismo y el gasto público. Pero no se observa una correlación entre la votación chavista y problemas como la inseguridad, la crisis eléctrica y la inflación. El apoyo al chavismo sube y baja mientras las tasa de homicidio aumenta cada año y la inflación, la escasez y los apagones siguen empecinadamente afligiendo la vida de los venezolanos. El gasto, pues, influye much0 más el voto que la desastrosa gestión del presidente.

Para Henrique Capriles superar estos obstáculos era un labor difícil, acaso quijotesca. Sin embargo, al candidato no le quedaba otra opción que intentar. ¿Fue buena su campaña? Antes de los comicios el consenso era que Capriles había liderado una campaña excelente. Después de las elecciones el consenso previsiblemente se resquebrajó y han surgido una miríada de críticas al candidato. Pero evaluar la calidad de una campaña es una labor complicada en un país como Venezuela. Si la oposición hubiese logrado quitarle a Chávez seis puntos porcentuales de su votación, Capriles hubiese ganado las elecciones. Sin el ventajismo que caracterizó la carrera es probable que hubiese obtenido esos seis puntos. Al mismo tiempo es difícil imaginarse a Capriles derrotado si hubiese gozado de las mismas ventajas de las que gozó Chávez. Es decir, si el terreno electoral hubiese estado nivelado Capriles ha podido ganar. Lo que un terreno electoral desnivelado es visto como una campaña fracasada en un terreno electoral con condiciones un poco más justas ha podido ser visto como una campaña exitosa.

Esto no quiere decir que la campaña fue perfecta. Capriles no hizo mucho énfasis en denunciar las condiciones electorales por temor a la abstención. Quizá su campaña ha podido lograr un mejor equilibrio entre estimular el voto y presionar al Consejo Nacional Electoral para nivelar el terreno. Pero nadie sabe a ciencia cierta si presionar al CNE hubiese sido una mejor estrategia. Es probable que presionando la oposición no hubiese logrado concesiones significativas y al mismo tiempo hubiese desmotivado a sus seguidores.

Lo que sí sabe a ciencia cierta es que la oposición llegó a la elecciones más unida y fortalecida que nunca antes desde que Chávez asumió el poder en 1999. Y logró esta hazaña porque, en primer lugar, adoptó una estrategia de participación electoral y lucha por ganar y defender espacios institucionales. Esta estrategia reconoce que el terreno electoral está grotescamente desnivelado a favor del gobierno pero asume que no obstante siguen habiendo aperturas para defender y reconquistar espacios en las estructuras de poder que facilitan y hacen más viable la lucha por una transición pacífica. También reconoce que esta lucha por ganar y defender espacios es una mejor alternativa a la abstención, una opción respetable en el plano de los principios, pero en la práctica una calle ciega. Sin las gobernaciones y alcaldías que reconquistó o preservó la oposición a través del voto en 2008 y 2010, las probabilidades de triunfo de Capriles hubiesen sido mucho menores. Donde la oposición no es gobierno, y no tiene una infraestructura organizativa que fascilite la defensa y conquista del voto, el oficialismo suele sacar muchos más votos.

El otro gran logro de la oposición fue la conformación de la Mesa de la Unidad Democrática, una plataforma que agrupa y coordina los esfuerzos de docenas de grupos y partidos que se oponen al presidente. A través de esta instancia la oposición no sólo logró forjar un programa conjunto de gobierno y seleccionar mediante elecciones primarias una candidatura unitaria para las elecciones presidenciales. También logró seleccionar candidatos únicos para las gobernaciones, alcaldías y la Asamblea Nacional, lo cual le ha permitido ganar espacios importantes a pesar del ventajismo y renovar su liderazgo. De hecho, antes de las elecciones algunos corresponsales extranjeros señalaron que Capriles por fin había logrado unir a la oposición. Pero la historia es al revés. La unidad opositora no fue producto del liderazgo de Capriles. Capriles fue el resultado de la unidad.

Ahora la oposición confronta unas de sus más duras pruebas. Después de la derrota del 7 de octubre, los fantasmas del abstencionismo y la división han resucitado. Hasta ahora la MUD se ha mantenido comprometida con la misma estrategia de unidad y participación, pero existe el riesgo de que el electorado opositor no se presente en la urnas en los próximos comicios regionales y municipales. Si esto ocurre, y el chavismo arrasa en las elecciones, la oposición perderá espacios sin los cuales será más difícil conquistar más voluntades y resistir los embates autoritarios del gobierno. Para mantenerse en el pulso la oposición necesita analizar la derrota y detectar las áreas donde se ha podido hacer un mejor trabajo. Pero también debe entender que la división y el abstencionismo no son una alternativa.

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