Sobre el debate de anoche

Lunes, 5 de diciembre de 2011

Del primer al segundo debate hubo una evidente mejora. Fue una buena idea invitar a periodistas (aunque los hay mejores) y la producción técnica fue infinitamente mejor. Quizá se ha podido estimular más el intercambio de ideas y la discusión de propuestas entre los candidatos, pero creo que eso no hubiese cambiado mucho las cosas porque los precandidatos no andan en un plan de pelear y hacerse ver mal entre ellos. La prioridad de vencer a Hugo Chávez está tan por encima de cualquier otra consideración que nadie quiere asumir riesgos, lo cual quizá es una exageración, pero una exageración comprensible, dado lo que está en juego.

Un comentario sobre Diego Arria y Pablo Medina.

Más allá de los méritos de sus argumentos, el tema de reconciliación no es prioritario en el mensaje que intentan comunicarle al país. Ambos atizan la polarización en Venezuela; ambos tienen un discurso que los aisla totalmente del universo chavista, es decir, la mitad del país.

Arria ha sido un infatigable y valiente luchador por la democracia; tiene el mérito de ser el único que habla abiertamente sobre los problemas de la transición y ha propuesto una solución muy clara y transparente a esos problemas. Pero el problema de la transición va mucho allá de la refundación de los poderes públicos.

Si la oposición gana las elecciones, al menos cuarenta por ciento del país va a seguir siendo chavista. Muchos diputados, consejales, alcaldes y gobernadores seguirán siendo chavistas. Y, con o sin Asamblea Constituyente, la despolitización de las instituciones del Estado va a tomar tiempo y esfuerzo. (La Asamblea Constituyente no le bastó a Chávez para politizar de un día a otro las instituciones).

Si no se hace todo lo posible para propiciar un clima de reconciliación en el país, incluso si ello implica alargarle el brazo a algunas figuras del chavismo, el país será ingobernable. Para gobernar (y, más aún, sobrevivir su mandato) el próximo presidente no tendrá otra alternativa que entenderse y reconciliarse con ese amplio porcentaje de la población chavista.

Más aún, las posibilidades de que el gobierno entregue el poder (o sea obligado a entregarlo) aumentan si desde ya se promueve ese mensaje de inclusión, reconciliación y rechazo a la retaliación política (lo cual no significa impunidad para todos, pero sí, posiblemente, un acuerdo razonable de amnistía).

Una transición pacífica depende de que muchas personas que están ahora en posiciones de poder (sobre todo en la FANB) sientan que no van a ser perseguidas si cae Chávez. El grado de politización de las instituciones es tal que ya no queda mucha gente “pura.” Por eso pretender impulsar una transición sólo con gente “pura” es una utopía.

Esta necesidad moral y pragmática de reconciliación es una de las grandes lecciones que dejó Mandela en Sudáfrica y la Concertación en Chile; no hay que desestimarla.

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