En latín

Miércoles, 18 de mayo de 2011

Autora: Mirtha Rivero

Cicerón

Hace unas cuantas semanas, en el penúltimo día que anduve por Caracas, salía de una estación de radio y recogía mis bártulos. Me incliné para tomar el bolso tirado en el piso y, al incorporarme, alguien quiso presentarme a otro alguien. En modo automático extendí la mano, alcé la vista y no hizo falta que completaran la presentación:

-¡Germán Flores, mi profesor de latín! –exclamé reconociendo el rostro que tenía enfrente.

Y mi profesor asintió, saludando cortés a la ex alumna que –estoy segurísima- no recordaba.

Él permanece casi exacto, tal vez un poco relleno de cara y de cuerpo. La línea de la calva intacta, idéntica a como lucía en 1972, cuando lo dejé de ver; sólo los cabellos que la cercan parecen algo más pardos. De resto, no advertí cambios: el saco encima de una camisa manga corta, los mismos lentes cayendo sobre la nariz ancha, y los incisivos superiores igual de separados que años ha, cuando los mostraba a cada rato ante las barrabasadas que decíamos las cuarenta y un mujeres y los cuatro hombres que durante dos años compartimos un salón en Coche.

Germán Flores fue el padrino de mi promoción, como lo había sido de casi todas las promociones de humanidades que habían egresado antes. Era –espero siga siendo- un hombre generoso, amplio, sereno, que además de las ¿cinco? declinaciones del latín me enseñó el mundo que existía más allá del aula de la sección A de Humanidades del Liceo Pedro Emilio Coll. En medio de dativos y acusativos, a él le daba tiempo para hablar de la vida, de los pueblos del mundo, y para hurgar en las razones de las sinrazones. Por él supe de Jan Palach, el estudiante checo que se incineró en Praga en 1969 en protesta por la ocupación soviética; conocí quiénes eran Anwar el-Sadat, Moshé Dayán y me enteré de la existencia de los chocolates blancos. Él me ponía a pensar. A dudar.

Por eso le guardo cariño, y en todos estos años cuando me topo con el nombre de Palach o con el vendedor de verduras que se inmola en Túnez, me acuerdo de él; y al recordarlo, recuerdo también la única frase en latín que me aprendí de memoria: Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?

La frase formaba parte del discurso que, en tiempos de la República Romana, Cicerón pronunció en el Senado al denunciar la conspiración que preparaba Catilina tras perder las elecciones para Cónsul. Era la segunda conjura que encabezaba Catilina contra Roma, y Cicerón latigueó desde su púlpito: ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

La oración me vino a la mente cuando volví a ver a mi profesor, y era el ritornelo que me bailaba en la cabeza y que siguió bailando, luego de que me despedí y salí a la noche caraqueña. En cuestión de segundos –los necesarios para llegar hasta donde esperaba Juan Carlos y su taxi- pensé en la leche que no había en los anaqueles, en las toallas sanitarias mexicanas que me había pedido una hermana, en los repuestos que no se consiguen, en los cortes de luz, en el servicio espasmódico de la Internet, en los ciento ochenta hoteles ocupados, en el abandono de las carreteras, en las expropiaciones de estacionamientos, en la huelga de hambre de los estudiantes, en la protesta de los enfermeros, en los sesenta homicidios por cada cien mil personas que hay en Venezuela (en México hay quince, con el narco en su apogeo), y en la vida marciana destruida por el Imperio. Todo eso pensé mientras daba unos cuantos pasos, y justo al abrir la puerta del carro solté: Quousque tandem abutere…?

Publicado el pasado domingo en el suplemento Día D de 2001

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