¿Cómo?

Miércoles, 3 de agosto de 2011

Autora: Mirtha Rivero.

Isabel Allende contó una vez (no sé si en Paula o en una entrevista) del momento preciso en que se dio cuenta de que se le había caído el trasero. El instante específico en que tomó consciencia de que la ley de la gravedad había hecho estragos en su cuerpo. Esa sensación, terrible, le habló del irreversible correr de los años.

Ayer yo viví algo parecido, pero no fueron las posaderas. Fue peor.

Ayer en la mañana, apenas me metí bajo la ducha, me llegó una sensación extraña. De repente, un vacío enorme y espeso (si es que un vacío puede ser espeso) me rodeó. Y no era una alucinación ni esa sensación inequívoca de mareo que distorsiona la visión de las cosas. El cuarto de baño se ensanchó, se hizo más grande. Como si alguien hubiese apretado un botón y las dimensiones cambiaran, por arte de magia. Y eso era -¡es!- imposible. Pero así lo viví: el espacio era mayor al acostumbrado.

Tardé un poco en reaccionar. Extendí los brazos para cerciorarme de que la distancia que me separaba de las paredes era la de siempre, pero no había terminado de hacerlo cuando entendí. Miré hacia abajo y sentí una sacudida. Una conmoción. No era el baño que había crecido, era yo que me había encogido.

Y no es que sea una mata de chaguaramo. A estas alturas, dirán los que me conocen, no es para andar presumiendo de un recorte de estatura, si no hay mucho de dónde recortar. No es que sea una tipa esbelta, reconozco, pero sentir que había rebajado de tamaño es traumático.

Los viejos se encogen. Siempre se ha dicho. Uno mismo lo percibe. A medida que pasa el tiempo, el cuerpo cansado de nuestros abuelos y parientes mayores parece encorvarse, reducirse –me dije, debajo de la regadera, mientras el agua ya tibia me caía encima-, pero no estoy tan vieja. No soy vieja. No hay derecho, continué diciéndome mientras terminaba de bañarme, y aún después de que me sequé, me vestí, salí a la calle y me enfrenté al mundo. ¿Cómo es posible? Así, tan de repente.

Al salir de la casa, la luz del sol me hizo achinar los ojos. Evitando el resplandor, miré hacia un lado y al hacerlo, sin darme cuenta, miré también dentro de mí. Entonces lo supe: junto con la luz y la realidad que me estrujaban la cara, llegó la razón.

Caí en cuenta de que no era que mi cuerpo se había reducido. Lo que se había mermado, amilanado, achicado o agachado era mi ánimo. Suficientes horas después de la masacre en Noruega se me había encogido el corazón… Y es que ya era como mucho: eran los caídos en Oslo y la isla Otoya por la rabia de un fanático, pero también el muchacho de catorce años muerto a machetazos en Barlovento por el amigo que no quiso pagarle un celular; el asesinato del policía que quiso frustrar un asalto a la buseta en la que viajaba por San Martín; el asesinato, en El Junquito, de un estudiante para quitarle una moto; el homicidio a un homosexual, en Coche, para robarle tres mil bolívares y dos cadenas; el atraco y la violación a nueve mujeres y dos niñas en un autobús en una carretera del estado Zulia; los cincuenta y cuatro cadáveres que entraron a la morgue de Bello Monte el fin de semana…

¿Por qué ese desprecio, ya no por la cosa ajena –el reloj, el celular, la plata, la religión, la ideología- sino por la vida del otro? ¿Por qué esa facilidad para decidir y disponer de los demás? ¿Cómo aceptar la ligereza con que algunos –muchos- disponen de la existencia ajena? ¿Cómo apartar los cadáveres y… move on!?

Cortesía del suplemento Día D de 2001.

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